Françoiz Breut en Teatro del Arte (Madrid). 18 de abril de 2017.

Françoiz Breut hace una música ortodoxa pero con un swing jazzie, como quien quiere ser oveja negra antes y después de comulgar cada domingo. Algo que pudiera parecer un reproche, que no lo es: el aburrimiento dentro de la iglesia es otra cosa cuando ella canta. Y aunque no tenga el irresistible carisma pop de Emiliana Torrini, su voz pizpireta sí podría medirse en carisma y expresividad (saltando en un hilo de inocencia) con la de la islandesa.

Llama la atención que, al principio, no haya guitarrista, sólo bajista. Más adelante el bajista va a ir alternando las cuatro y las seis cuerdas (estas incluso como bajo) y, al final, incluso desborda en surrealismo, con ecos muy discretos de shoegaze; y, máquinas; o cacharros, para todos -menos el batería, que tiene un compás perfecto y parece traer el alma de las canciones en ritmos complejos-. Breut canta serena y quiere inquietar las vísceras y los pies. Es la ortodoxa alegre que tal vez muera quemada (y dejará de ser oveja blanca). Pero sin duda en sus canciones melancólicas, meneadas de sangre juguetona, hay un punto de brujería.

La pregunta es a quién quiere más: a mamá Chanson o a papá Cohen. Quizás ha sabido darle gracia al estiradísimo legado paterno con algo de la vena macarra de su progenie materna. O al revés. El de Breut es en guiso que bulle inquieto aunque se cocine despacio.

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