No Dogs en Boite Live (Madrid). 7 de abril de 2017.

No Dogs parece haber puesto rumbo hacia lo negro, despojando de tecnología la esencia y recargando, por el contrario, la apariencia de cables y artefactos: algo así como crear un dirigible sobre bocetos de Giger. Su ruido cada día suena más ordenado, y Boite parece su sala, donde son capaces de hacer puré de tímpano con una colección de canciones que cada día tocan mejor. En los momentos cumbres, Wild Dog se rodea de seis voces, más las cuerdas de dos guitarras, un bajo y la disciplina de un batería. Y ese escenario abarrotado es el motor de esa imprecisión que son. Incluso para mal, en la medida que la liviandad resquebraja el hechizo. Cierto, me he ido a la última fila, donde los altavoces no tiranizan, y desde aquí es fácil ver cuando se frustra la subida, cuando necesitan más madera. Y es posible imaginar el aire correr por los recovecos de sus arreglos, en un lugar más grande, con espacio para dejar correr las emociones, para contener la multitud en que se han convertido. Claro que entonces quizás no serían ellos sino una versión imprecisa que hay en mi cabeza.

El viaje hacia el Soul de No Dogs ya se venía gestando, pero para el que escribe, hoy ha empezado. Igual que el androide moribundo de Blade Runner, van a atravesar cristales y desmontar escaparates en una carrera consciente, que quizás pase desapercibida, igual que el desorden que van dejando los fantasmas demasiado discretos. Hay que prestar atención y tener credulidad. Y ahí estarán, ensordecedores, a su manera ubicuos, con los pies en varios vergeles, pero sin perder suelo, tan grandes como los mayores. Orgánicos, artificiosos, incoherentes, sencillos, cercanos, geniales.