Battaglia en vilo

Decir que la noche era especialmente fresca, que daba gusto pasear por la calle y encontrarse una incomprensible banda de jazz tocando en la esquina de ese edificio medio suspendido en el aire que han hecho los catalanes es ponerse en la mente de quien no nos gustaría. Que hubo deserciones entre los chancleteros, atraídos por la entrada gratuita y espantados por lo espeso de la propuesta de Battaglia (en realidad no tanto, pero hablamos de españoles) es ser demasiado literal, porque mucha gente, muchísima, aguantó hasta el final, y hubo aplausos, silbidos y entusiasmo. Battaglia estaba fascinado con la proliferación del público, que se apostaba casi detrás del escenario porque los asientos, sus alrededores y lejanías estaban prácticamente copados. Incluso los fotógrafos (servidor, también, claro) buscaban ese ángulo, el único que era factible para sacarle un plano de perfil, puesto que la mejor ubicación estaba resguardada por los asientos reservados y la mesa de sonido. Lo curioso, no ví a nadie aprovechando la coyuntura ni la acreditación. ¿Y sobre la música? Compleja, sin duda, aunque realmente no tanto: melodía, desarrollo, divagación, músicos disfrutando de su propio lucimiento (ay, el ego y los artistas), y retorno a la idea principal, exprimida y más pura que nunca, que nos depositaba en tierra después de un sueño tremendo, mareados, con la carne de gallina. A su manera, es un buen promotor del jazz, de la música clásica, de todo lo que hay de elitista en el arte (y que es el arte de verdad, pero esa discusión la dejamos para otro momento) y aunque en algún momento pudiera caer en la vulgarización, no creo que sea hoy, ni mañana. De momento, le toca retorcerse, mientras la música lo levanta en vilo del asiento… literalmente. Cuando aterrices, lee la crónica de Zona Musical, como siempre, pendiente de un hilo.

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