¿Enanos, qué enanos?

Difícilmente podríamos hacernos una idea cabal de la dimensión que está adquiriendo el fenómeno Sweet Vandals, a la chita callando. Cómo están llenando salas con una facilidad de la que muchos presumen, mientras ellos continúan, tranquilos, hasta el siguiente bolo, haciendo eso que se les da tan bien: disparar temazos funk con un sonido perfectamente sencillo, tan eficaz y pegajoso que quedamos atrapados igual que las moscas, en sus trucos fáciles, de maestro consumado.

Cuesta trabajo definir qué es lo que han conseguido, porque no creo que haya sido cosa de esta noche ni mucho menos la palabra “madurez” tenga que ver con ello. Hay un punto de inflexión en su carrera, uno de esos momentos en que la boca se te llena de grandes palabras, el estómago de grandes entusiasmos y la intención de seguridades. Quizás ahora empiecen a conocer el vértigo, ese que sientes cuando el avión acelera a fondo para separarse del suelo. Y quizás, esa sea la imagen más cercana a lo que sentí anoche, escuchándolos, con una sala caliente y llena, o lo que ellos deben estar notando en sus pies, tocando como siempre lo han hecho, para cada vez más gente.

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