Apuntes de viaje, cuarta parte.

28 de abril, 10 de la mañana.

Este viaje está siendo de una hiperactividad tranquila que sí termina de convencerme. No consigo despertar más tarde de las nueve y media ningún día (hoy tampoco), pero me paso un mínimo de un par de horas preparándome, con una ducha, un desayuno ligero, compuesto de cafeína en esencia, y un buen rato de juego delante del ordenador, para preparar las excesivamente largas crónicas de carretera. Ayer, aparte de preparar la maleta porque iba a pasar de la casa de Héctor a un hotelito cool para turistas extranjeros (no olvidemos que soy uno de ellos), la secuencia de hechos fue similar.

No había un plan, en realidad salimos de casa dispuestos a desayunar y pasar el día corriendo de aquí para allí. Entonces tuve la ocurrencia de sugerir que, tal vez, podríamos ir en algún momento a comprar plata, pensando en llevar algún regalo manejable y gracioso a un par de amigos. La verdad, estaba pensando en un pequeño centro comercial al que fuimos en mi anterior visita, dentro del DF, pero HecFer pusieron rumbo hacia Taxco, una ciudad conocida precisamente por ser el centro platero más importante de México. ¿Para qué buscar soluciones sencillas, verdad? Dicho y hecho, nos pusimos en camino.

Taxco es una versión mesetaria de Mojácar; arquitectura colonial, casas blancas y la ladera de una montaña. Prácticamente todo el pueblo está apiñado en una ladera y es raro no tener que recorrerlo cuesta tras cuesta. Evidentemente, lo recomendable es ir bien desayunado. Yo lo hice, paramos en un bar de carretera a comer cecina (carne de vacuno cortada y tratada con sol, sal, y alguna cosilla más). Eran unos filetes finos, redondeados, que podían usarse directamente para hacer tacos, o ser el ingrediente para unos de verdad, es decir, con las tortillas que todos conocemos. Aquello, que era el desayuno, se convirtió en un festín de carne y salsas y, como es natural, se quedó en comida.

En Taxco me emancipé momentáneamente, una vez nos libramos de un guías auto-impuestos que nos llevaron al aparcamiento e hicieron lo posible para ser nuestro particular moscón, enseñándonos la iglesia para contarnos todo todo todo, y llevándonos a una tienda de plata concreta y cómo no, a un restaurante. En nuestro ánimo estaba ir a nuestro aire, así que finalmente, logramos la independencia. Yo mismo, dejé a mis amigos tomando cerveza en un bar, y emprendí la ruta de la plata en soledad. Puesto que no sé nada al respecto, elegí, seguramente mal, lo que me pareció más adecuado, recorrí algunas cuestas abajo y padecí las consiguientes subidas para regresar al punto de reunión. No me perdí, disfruté de un lugar encantador como debe hacerse, es decir, en soledad, medité sobre la combinación de agua de lluvia y un firme raramente horizontal, de piedra y empapado y la posibilidad de recorrer el pueblo rodando, y llegué al bar jadeando pero contento. Dos cervezas, y como nuevo.

La colección de fotos son el resultado de ese paseo por la ciudad y el viaje de vuelta. Me temo que soy un fotógrafo en ciernes, y que la mayoría no son más que experimentos. Pero como algo hay que enseñar, pues ahí queda. No seáis muy severos.

 

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