Apuntes de viaje, tercera parte.

Nuestra percepción es una auténtica puñetera y tendríamos que estar casi obsesionados con esa idea. Dejaos de amor, de mortalidad o de la Revolución, porque todo eso es un asunto baladí sobre el que no vamos a tener influencia nunca. Pero la manera que tenemos de ver el mundo, eso lo podemos entender y sobre todo, lo podemos mejorar.

Todo esto viene a cuento de mi día turístico, el más turístico de todos, además porque en determinado momento me vi poseído por ese júbilo entusiasta de los japoneses cuando la cámara se convierte en una extensión de sus mentes, con sus 8 Gigas de memoria microSD y su objetivo con autofocus. Pero no venimos a hablar de una petarda con su cámara nueva; estábamos en Puebla, sentados en una de las terrazas, una como esas que hay en nuestra madrileña Plaza Mayor, pensadas esencialmente para el visitante o el local lego. El escenario era, además bastante parecido, salvo que el Zócalo en cuestión tenía una iglesia. Hacía buena temperatura y aquello era un hervidero de gente. Yo andaba con las típicas estupideces, que si cómo voy a sacar una cámara, que si el tercer mundo, que si patatín, que si patatán… entonces me di cuenta que una chica, al otro lado de la calle, en un extremo de la plaza, estaba sentada a la sombra (bien por ella) con su portátil. Un poco más a la izquierda, otra, en idéntica circunstancia y posición. Cualquiera de las dos, rodeadas de baratijas o con dos niños morenos colgados de su cuello, me hubieran parecido corrientes, pero no; estaban navegando, posiblemente con su conexión inalámbrica que pagarían religiosamente. Qué contrariedad, ¿verdad? Quedaban por los suelos unos cuantos prejuicios, xenófobos, eurocentristas, ignorantes. Poco después, era ese japonés de piel demasiado blanca, fotografiando las fachadas más coloridas.

Puebla es una ciudad construida por los invasores españoles, calculo que entre los siglos XV y XVI. Tiene el típico plano en cuadrícula, tanto su centro histórico como casi todo lo demás, aunque al ser todo más pequeño que en el DF, es mucho más abarcable. Evidentemente, predomina el estilo colonial, quiero decir, que podríamos estar en Cádiz, o en Sevilla, y es perfecta, para las actividades que cualquier turista pudiera desarrollar.

Puesto que un familiar de Héctor, y su esposa (y siento no ser capaz de recordar un nombre en la primera ocasión, pero me parecieron encantadores y pasé un muy buen rato con ellos), se ofrecieron a colmarnos de atenciones y hacernos de guías culinarios y costumbristas, conocimos unos cuantos restaurantes estupendos, un mercadillo de artesanía, un montón de calles encantadoras, una zona universitaria y, sobre todo, un bar que servía combinados en vasos de chupito alargados, que pasaban del dulce con alcohol moderado a la intensidad más absoluta. El reclamo, si te tomas 100 copas de “Pasita”, una de las bebidas que servían (creo, no tengo claro si las Pasitas eran el formato o una variedad concreta), te llevabas un premio de 50,000 pesos. El sitio era esencialmente una tasca con encanto retro, abarrotada de fotografías, grabados, figuritas y recuerdos. El dueño del bar me preguntó de dónde era, porque quería enseñarme la gesta de un barcelonés que llegó a beberse 94 vasos de licor. Un tipo de 28 años, en los años cuarenta, con una cara de tener el hígado convertido en paté que daba auténtico pavor. Por supuesto, no dejaba de acordarme de la escena de los chupitos en Priscilla.

El día transcurrió entre plato de comida y plato de comida, entre tartas individuales y combinados fríos de café, y por supuesto, algún vaso de Campari. Puesto que este país suele mutar mis costumbres alcohólicas, sospecho que voy a regresar al amargor italiano.

Recordadme que tengo que regresar al gimnasio, la semana que viene, y enseñarles a mis monitores las fotos de unos suculentos tacos de carne, para que puedan identificar al enemigo.

Os dejo la colección de fotografías del día. Pocas, como siempre, alguna mal enfocada, pero no he querido descartar ninguna, porque todas dan su información.

 

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