Apuntes de viaje, segunda parte.

25 de abril de 2010, 9:50 de la mañana.

Primer día de verdad, me he despertado de un salto y de un salto he agarrado el portátil y dejado que él solito encuentre las DNS de la conexión a internet a la que también estoy invitado. Voilá, todo funciona. La vorágine de los correos electrónicos ha sido suficiente parra separarme de la pantalla y llevarme hacia la ducha. Es temprano. Ahora mismo faltan diez minutos para las diez de la mañana y estoy sentado en el sofá, en un apartamento luminoso, magnífico, con muebles con cierto aire rústico. La ciudad ruge amortiguada detrás de los ventanales (algo a lo que acabaré acostumbrándome) y lo único que se escucha aquí dentro es el rasgueo del bolígrafo contra el cuaderno. Ya no más jet-lag; a partir de ahora, abrazaré a mi amigo, la falta de sueño. Pero ya nos conocemos de hace mucho, sabremos apañarnos.

26 de abril de 2010, 7:30 de la mañana.

Me preocupa disponer de algo parecido a un reloj biológico, aunque no tengo muy claro por qué la eficiencia nos quita humanidad. En cualquier caso, nuevamente he saltado de la cama a la hora que teníamos planeada, sin haber puesto ninguna alarma, sin que ningún ruido me haya sobresaltado. Nuevamente tengo un ruido raro en la cabeza, de sueños olvidados, conversaciones que no consigo traducir y que permanecen como un eco, supongo que hasta que me tome algo parecido a un café.

Ayer tuvimos por fin un día completo, absolutamente nómada. Salimos de casa pronto, más o menos sobre las once y media, y regresamos pasada la una de la madrugada. El resumen fue, ir de bar en bar, comiendo algo, bebiendo un poco más y recorriendo la ciudad de un lado a otro, evitando incluso monumentales atascos, provocados por el cierre de una de las vías principales (imaginad la Diagonal, o la Castellana), para el tránsito de bicicletas… bravo. Recuperé dos viejas costumbres relacionadas con el alcohol una fue el vino tinto (no conseguí sacar a los paladares locales de su aversión al blanco) y otra el Campari, que fracasó también entre la población local aunque no me importó demasiado; más para mí. Me sentaron bien las dos cosas, ni tuve más sueño de lo debido, ni se rebelaron mi estómago, mi cabeza o mi hígado. Tendré que pensar en recuperar algunos viejos hábitos para mis noches de ocio.

Se come bien, en esta ciudad, y el clima acompaña. Puedes hacerlo en terrazas, en medio de una acera. México no es un lugar de barriadas laberínticas y calles angostas (aunque la ciudad en sí es el plano del caos), todo son avenidas amplias, luz, espacio e incluso árboles por doquier. No se corresponde con esa imagen de urbe titánica y contaminada, en realidad hasta podría decirse que es acogedora, muy al estilo de sitios como el Eixample, en Barcelona. Burguesa, frívola y, cómo no, hipócrita.

No hay rastro de esas desigualdades tan dolorosamente grandes que recordaba. Todo es mucho más parecido a lo que ya conocemos, posiblemente el color de la piel de los que comen y pagan en los restaurantes sea algo más claro que el de los que sirven las mesas. Pero no penséis que en nuestra estupenda España se nota menos esa “división de tareas”, porque en realidad no es así. Es cierto, he visto pobreza, de la de verdad, localizada en lugares concretos, en horas concretas, pero no como una capa que cubriera toda la brillante modernidad de la ciudad; eran manchas, salpicaduras, que deben recordar a los mexicanos que siguen avanzando, pero que no pueden dejar que algunos se queden atrás.

El centro histórico sigue siendo otra cosa, ya no sólo un recuerdo de la época colonial y una fotocopia de las ciudades españolas. Lo vi muy valenciano, aunque sobre todo, terriblemente voluptuoso, presumido. Reflejando la opulencia de una sociedad que manejaba unos recursos inimaginables, que luego pasaban a manos de banqueros holandeses, todo hay que decirlo, pero ya sabemos lo que nos gusta bravuconear a los españoles. No hay que olvidad que posiblemente esta era la gran urbe de las colonias, la que hubiera sido la capital del gran Estado de América española, si la independencia no hubiera sido tan localista. En fin, menos fabulación.

Todavía no tengo claro qué nos va a deparar el día. Las opciones han ido cambiando y si al principio parecía que íbamos a ir a Acapulco, parece que me interesa demasiado la ecuación sol/playa lo suficiente como para que el Consejo de Anfitriones haya decidido considerarla. Ahora la cosa está entre Puebla y Veracruz, y debo confesar que la segunda alternativa me llama mucho la atención, porque era el punto de entrada de la inmigración española, tanto los que vinieron durante los últimos años del siglo XIX como los que lo hicieron a lo largo del XX, incluidos los que huían de la victoria golpista en 1939. Sería un bonito homenaje republicano poder pasear mi cámara de fotos por allí, sobre todo tal y como está el patio en la Madre Patria. Pero eso, en una nueva entrega.

Ahí os dejo la colección de fotos que he tirado. Lo siento, soy poco turista, menos japonés. Son poca s y no tienen mucho sentido porque mi cabeza, tampoco. Así conoceréis a Fernando (que ilustra esta entrada), a Héctor y a sus hijos, las vistas desde la casa de Héctor y algún detalle acerca del lado más primaveral y amable de la ciudad.