Del círculo a la elipse

Amenábar nos cuenta en su última película cómo funciona el mecanismo del fanatismo religioso y cómo lentamente, si permitimos a los intolerantes salirse con la suya, infectan todo con su paranoia y destruyen lo que se interponga en su camino. A pesar del victimismo estúpido de los cristianos (tan dados precisamente a ambas cosas, victimismo y estupidez), nos explica cómo el poder civil no tuvo el coraje suficiente para preservar el orden, cómo los personajes con influencia moral, como la propia Hipatia, no fueron capaces de adivinar que las injusticias sociales, sobre las que se apoyaba su bienestar, eran el origen de aquella turba de “fanáticos” seducidos por la promesa de un mundo justo para ellos y un premio a su sufrimiento en la Tierra, algo de lo que la astrónoma fue víctima; cómo las religiones occidentales (el islamismo no había nacido todavía) nacen preñadas de esperanza y buenas palabras y acaban convirtiéndose en un nido de exaltados y agresivos charlatanes, más amigos de las pedradas que del diálogo. Los planos aéreos, con los humanos convertidos en hormigas, recalcan nuestra mediocridad, nuestra pequeñez e incluso nuestra impotencia para detener esos procesos que, desgraciadamente, se van a repetir una y otra vez a lo largo de nuestra historia.

Pero lo mejor es comprobar cómo Amenábar ha aprendido por fin a dirigir de verdad. Es un gran contador de historias, pero además maneja los presupuestos grandes con una soltura que ningún director español ha conseguido. Merece una felicitación sincera, porque ha sabido enseñar las mieles de la opulencia, puesto que Ágora es una producción cara, pero además ha sabido hacerlo con un toque personal, con una pasión, apoyada en la distancia con que cuenta todo y en el afecto que siente por el personaje de Hipatia. Me ha sorprendido, puesto que me considero un detractor suyo. Y me temo que tendré que mirar su otra futura con otros ojos…