Isi Vaamonde, Vetusta Morla, los indies

Ayer me encontraba en plena euforia por la sorprendente victoria de un reconocido vaciador de salas como es Isi Vaamonde (y espero que después de esto, todavía amigo), en la pelea por el número uno de la lista de éxitos del diario 20 minutos, que se decide por votación, frente a la banda Vetusta Morla, y solté una de las mayores tonterías que recuerdo: “Por fin triunfan los verdaderos indies”. Vetusta Morla es una banda indie, tanto como Isi es un cantautor indie, puesto que ambos se han editado su disco, se han movido por el circuito de pequeñas salas de Madrid e incluso han tocado en las  mismas.

 

En realidad quería decir otra cosa, que para mí estaba más que clara, pero que quedó expresada con una frase más rotunda, más lapidaria y que en ese momento me pareció más llamativa. Sí señor, yo también me dejo llevar por las luces de colores, las de mi cerebro que es un cabronazo.

 

El fenómeno Vetusta Morla me parece la enésima obsesión indie de este país, que se fija en lo primero que les parece bastante llamativo y organizan de repente todo un baile de premios y loas tan enfermizo, dañino y mal intencionado que no termino de entender cómo sigue colando eternamente. Porque mientras ellos se encuentran en la cresta de la ola, preparándose para ser los siguientes juguetes rotos o, con suerte, la próxima banda mainstream de moda, el esto de los músicos alternativos se siguen muriendo de hambre. No he terminado de comprender por qué sucedió todo lo que ha estallado alrededor de esa banda. Fui a verlos en directo después de mucho tiempo de leer su nombre asociado a salas enanas y a fiestas de barrio; ya consiguieron abarrotar la sala Costello y empezaban a tener un nombre, pero tardaron unos meses en recibir todos los premios imaginables a la mejor banda revelación, como si los únicos indies fueran ellos. Y se convirtieron en unos nuevos fagocitadores de la música “pobre” española, pero mucho peores, porque Marlango son mainstream, pero Vetusta Morla devoraban desde dentro.

 

Mientras Isi Vaamonde continuaba su plan de ambición moderada, es decir, seguir caminando y no esperar nada. Su nombre no es conocido, su estilo no encaja en España (aunque Van Morrison sigue vendiendo discos) y aunque tiene la virtud de gustar y convencer a todo aquél que le escucha, su círculo de seguidores crece muy despacio. Tiene suerte, es una especie de volcán tranquilo, que tendrá la cabeza llena de pájaros pero el carácter relajado, de manera que, al final, lo que vemos es a alguien disfrutando de lo que hace, pero con cara de ecce homo. Nunca le darán premios, no le convertirán en una “nueva esperanza” porque no esta aquí para eso. Como mucho, podrá regresar con unos cuantos dólares, conseguidos al otro lado del atlántico,  y el orgullo de haber conseguido lo que otros ya quisieran, triunfar fuera. Pero eso, es otro cuento.

 

Que Isi Vaamonde haya llegado al número uno del top de 20 minutos al final no tiene tanta importancia. O la tiene pero de una manera retorcida. Que haya ganado por goleada sí que es curioso; a priori los Vetusta tienen más fans y más amigos votadores. Pero ya vemos que no todo está dicho, y esa es la gran lección y el mayor alivio, y que a veces, una victoria tan tonta puede ser motivo para celebrar desbocadamente lo que en un par de semanas habrá pasado a la niebla del olvido. Y, como he leído en u no de esos mails de jubilosa celebración, esta vez los amiguitos periodistas que dan premios porque sí no han podido hacer gran cosa. A lo mejor, hoy es el principio del verdadero cambio.