Los abrazos rotos

Almodóvar es y ha sido siempre un escritor ingenioso y un director cinéfilo. Pero sobre todo, un artista impulsivo. Todos los halagos y todas los reproches que ha recibido a lo largo de los casi treinta años se deben a eso. A que se ha dejado llevar por sus ideas, fallidas o no, plasmándolas con valentía y con una punta de desfachatez.

 

Tener ideas es una cosa y saber materializarlas es otra. No siempre ha sido capaz de conseguir expresarlas de la mejor manera, o tal vez no siempre hemos sabido, su público, comprenderlo. Le hemos exigido que nos haga reír, que nos provoque, que nos emocione, sin tener en cuenta lo que él quería contarnos, lo que le escocía en la punta de la lengua. Y en estas, nos encontramos en el cine, dispuestos a ver “Los abrazos rotos”, después de la tonta polémica con El País y Carlos Boyero. No he leído el blog del cineasta ni el texto del crítico, no puedo juzgar si el tono es tan elevado como parece. Boyero se aburrió en el cine, eso es evidente, y por tanto ha decidido fusilar la película. Su posición es legítima y lógica, en realidad, estoy de acuerdo con él; yo también me he aburrido bastante.

 

Pero también ha habido muchas cosas que me han gustado, Cierto que la historia era una especie de enredo argumental, que intenta mantener a espectador intrigado y entretenido. Al menos a determinado tipo de espectador, el que va a ver a Penélope Cruz (parece llevar el mismo camino de decadencia de Julio Méden, historias absurdas y faltas de interés). Para los demás, ha reservado otras sorpresas más sutiles, sobre todo una ingente cantidad de hallazgos visuales, que demuestran que como director está en su mejor momento. Es capaz de contar con sensibilidad e ingenio cualquier cosa (igual que Redford) y sobre todo, de descubrir muevas maneras de enseñarnos su historia. Las escenas de sexo, por ejemplo, son para mi gusto sorprendentes, para lo que suele tenernos acostumbrado. La elegancia al mover, o al dejar quieta la cámara, demuestra que ha aprendido su oficio, por fin. Tal vez, ahora necesita un escritor a su lado, alguien que sepa llevar su cabeza al mejor puerto, que le de la idea de la película de vampiros. Es curioso que la ceguera del protagonista de “Los abrazos” sea la mejor metáfora de la ceguera del propio Almodóvar, demasiado abrumado consigo mismo. Y el hecho de haberlo reconocido con tanta claridad, la mayor de las esperanzas, en un futuro brillante.

 

Y espero que Boyero se ahorre el hartazgo y prescinda de los próximos estrenos. Total, nadie le obliga.

 

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