La mortalidad y una sábana blanca

Acudir en plena crisis por culpa de la mortalidad propia a ver una película que esencialmente es una parábola sobre el paso del tiempo tiene poco de inteligente. Pero uno iba a disfrutar del talento sorprendente y sereno – en estos últimos años – de David Fincher, uno de mis directores favoritos. No esperaba encontrarme a una hija preguntándole a su madre, en su lecho de muerte, si se encontraba bien ante lo que estaba llegando, o la frase del capitán del remolcador, diciendo que, aunque nos encabritamos como caballos salvajes y maldecimos, al final sólo nos queda la resignación.  Benjamin transita por su vida al revés contemplando la finitud de todo y viendo como, mientras él es más joven (hurra al departamento de maquillaje, por convertir al cuarentón Brad Pitt en un chaval de veinte), a su alrededor la gente envejece, y muere. La muerte está presente durante toda la película (imagino que en el relato original de Scott Fitgerald también) y es dibujada sin metáforas, sin carboncillos, cruda, real e inevitable. Ha sido duro, interesante verme reflejado en esos personajes que van dejando esta existencia. Aunque no tengo claro si cuando me toque, será igual de poco llevadero o, por fin, habré aprendido a aceptarlo. Claro que si han asumido salir de la infausta ceremonia sin una triste estatuilla, qué no podría conseguir.