Mercedes Ferrer o la dulce realidad del exilio (1 de 11)

Mercedes ha tenido que bregar con la maldición de ser una aspirante permanente y de alguna manera ha convertido esa condición de provisionalidad en su divisa. Sin embargo es una figura consolidada con 20 años de carrera que, si no encuentra sitio en el mercado nacional es por la falta de visión de las grandes discográficas y, sobre todo, la cobardía imperdonable de las independientes y alguna mediana cuya desaparición no me sorprende, ahogados por el catetismo del español medio y su propia falta de valentía.

 

La Ferrer, ahora en México, continúa su periplo y promete un disco mestizo, o mejor dicho, fronterizo. Con los años ha aprendido a pulir el estilo y las canciones y lo que viene parece ser su mejor disco. Sólo que aquí (y nos lo hemos ganado) seguramente ni nos enteremos. Habremos perdido a una de las pocas artistas que se resistieron a soportar las etiquetas, que no visitaron la academia de los triunfitos y ha necesitado salir borracha en ningún programa de cotilleos para vender discos. Y esa integridad le ha costado cara. Casi tanto como a su amiga, Clara Montes, que por cierto no va a estar en esta serie aunque no por falta de méritos sino porque tenía que elegir.