la doble vida de carmencita

Me acuerdo que cuando apareció su primer disco los medios gays criticaron mucho la ropa que lucía en la portada, porque les recordaba a la Alaska de Deseo Carnal. Ya sabemos todos que una marica es, ante todo, una ignorante, y después, una dama, y este caso de flagrante cretinismo lo confirma. Pero a su manera, Carmen París tiene mucho que ver con la reina de la vanguardia y del marujeo: las ganas que tiene que jugar con la misma baraja. El truco es saber presentarse con distintas máscaras ante distintos públicos sin mezclar los papeles. El problema, que esta sociedad es mucho menos rica que la de los últimos ochenta, las tribus no están bien definidas y todos formamos parte de una especie de masa grisácea en la que es tan fácil destacar como ser aplastado. Incluso a la propia Olvido se le está empezando a fastidiar el juego, y últimamente parece haber perdido la habilidad para nadar y guardar la ropa; comienza a invitar a Camela a su mesa después del sexo.

 

Carmen París podría hacer algo parecido, aunque el signo de los tiempos es otro y no hay tantas divisiones a las que apuntarse. O la primera, la de los triunfadores, travestida de músico prestigioso con éxito comercial, o la segunda, la de los segundones, refugiada en la fidelidad de su público entendido y minoritario y condenada al rol de promesa ignorada. Casi estoy seguro que prefiere la segunda opción, aunque me sorprende la naturalidad con que ejerce la primera. Ay, Carmen, a veces tengo malos pensamientos.

 

Como estoy contagiado de su verborrea, no demasiado ordenada, me temo que la crónica de Zona Musical es igual de disparatada. Lo siento.