Christina Rosenvinge es mi bastón

No tengo muy claro qué papel ha tenido la literatura en mi vida. Tal vez haya creado la “costra”, la clave para darle forma a todo lo que se supone que es mi esencia, aunque sospecho que la mayoría de las veces sirve más bien para despistar que otra cosa. La música parece que ha ido más profundo, reflejando mis sentimientos, exagerándolos, convirtiéndolos en algo más afilado, más doloroso, más placentero pero, en definitiva, curativo, confortador. Muchas canciones han servido a lo largo de años para retratar momentos y dejarlos congelados, embotellados para casi volver a experimentar aquellas sensaciones casi como si estuviera allí. Christina Rosenvinge es responsable de unas cuantas y ha sido curioso que, esta noche, cuando regresaba de su concierto consiguieran algo nuevo, algo que ya me estaba sucediendo hacía tiempo y de lo que no había terminado de ser consciente. La música está empezando a convertirse en un apoyo fundamental para mí, en un sanador, o en un complejo vitamínico, en las espinacas de Popeye y la picadura radiactiva del Hombre Araña. Un tema como “Días grandes de Teresa”, que en su momento convertí en el homenaje a una amiga y que más tarde, cuando esa relación terminó con una traición -a saber quién a quién-, algo así que debiera venir como una flecha envenenada, me ha servido para sentirme más fuerte, para ser capaz de avanzar con el paso más firme. Lógicamente, es una canción cojonuda. Cuenta una historia de fracaso y de supervivencia, de ilusión, de decepción, de mediocridad asumida y de luz interior. Qué menos, algo así tenía que ayudarme a cargar las baterías y ha funcionado. Así que majetes, echaos a un lado.

 

Y si quieres saber qué tal el concierto, pues lee la crónica de Zona Musical.