Dependencias

Cuántas cosas nos enganchan. Casi sin darnos cuenta, hasta eso que llamamos proyecto vital se convierte en una cadena más. Cuántas decisiones irracionales tomamos, exponiendo nuestra tranquilidad por una tontería. Pensamos en eso que se supone es la libertad sin ser conscientes cómo, de una manera tan estúpida, estamos perdiendo el tiempo, es evidente que no somos libres. O que no somos conscientes de cómo serlo. Eligiendo nuestras dependencias, las personas que nos importan, las drogas que nos animan, los trabajos que nos alegran el fin de mes y las rutinas que nos hacen sentirnos mejor. Y todas y cada una de ellas es una dependencia más, incluso peor, porque podríamos haber elegido mal. Podríamos echar a perder nuestro mundo por engancharnos a quien no debemos. Y estar lo suficientemente ciegos como para no adivinarlo. Dependencias, sí señor. Tal vez la mejor, la más útil, sea a la frialdad, a pensar antes de actuar, a contar diez y adivinar en qué berenjenal nos estamos metiendo. Es fácil, en serio: mira la verja, qué ves… ¿berenjenas? Pues eso. Hay que aprender a verlas venir y pelear contra ese cable que tira, anclado a la pared, como decía la canción. Evitar que un intruso (podría estar hablando de un móvil nuevo) eche por tierra toda esa colección de personas, de cosas, de momentos que mantienen nuestro tránsito en marcha, y de las que dependemos más de lo que creemos. No estropees tu tela de araña, no dejes que alguien con unas cadenas nuevas acabe con las tuyas, las de toda la vida. Pero tampoco seas tan sensible al cambio. Nunca se sabe. Las dependencias son malas casi nunca, aunque de vez en cuando se convierten en adicciones y malos viajes. Mírate al espejo todas las mañanas. Que no te de miedo. Es terapéutico. Y sé valiente, coño. Todos sabemos que hay cosas que duelen.