Distorsionando

No creo que recuerde esta noche como uno de esos momentos cruciales. Bueno, en realidad tengo una memoria muy extraña que se queda con lo que le da la gana. Tal vez con las revelaciones, las primeras veces. He visto a Martirio y a Lila Downs, la primera sobre todo, una de las figuritas de mi poblado santoral y eso está bien. Un idolillo feliz, un Buda regordete que sigue pirraíta por los modelones. Martirio, que hace tiempo se hizo mayor, quizás gracias a unos cuantos costalazos, como todo el mundo, seguramente porque alguno de ellos dolió bien. ¿Un hombre? ¿El inmenso fracaso de La bola de la vida del amor? Adivina, adivinanza.

 

De todas las lecciones que nos da esta mujer, aparte de la humildad con que canta, casi como una niña que está feliz jugando con sus madelmanes, de todas ellas me quedo con su vitalidad. Me siento muy identificado con esa reivindicación del buen comer y del buen follar que ya nos presentó con sus sevillanas y que su persona, su actitud y su sonrisa petrificada no para de proclamar. Así debiéramos ser todos, esforzándonos por aprovechar nuestro paso por este mundo, sobre todo porque aunque no paren de contarnos la historia de la inmortalidad del alma… ¿y si es un camelo?

 

Si, me temo que voy a ponerme muy pesado con el tema de la muerte. Las coletas rosa artificiales de Lila Downs eran una razón para desearla, por ejemplo. Pero ha sido el optimismo obligatorio de Martirio el que ha despertado todas estas reflexiones. Así que deja de pensar en ello que cinco minutos antes podrás patalear, si llegas a ser consciente de ello.

 

Bienvenidos a la obra más importante, ja ja ja ja. Pasaos por la crónica de Zona Musical.