El tiempo te respeta, maestro.

Hace ya tiempo me perdí un concierto de Malevaje, en pleno Carabanchel, justo a la salida del metro Oporto. Cuando llegué la banda entonaba los últimos acordes del último bis y el público despedía entusiasmado a los tangueros castizos. Entonces entendí que se había tratado de uno de esos grandes recitales que son un ejemplo de comunicación entre el artista y el auditorio, una de esas rarezas mágicas. Imaginad mi rabia. Ahora entiendo que, además, estaban tocando en su barrio, y eso hacía más especial y más cómplice aquél momento.

 

Porque el caso de Malevaje es particular. Aparecieron en los años de la movida, completamente a contracorriente, haciento tango. Y tango siguen haciendo hoy, en esta época tan estúpida que no merece siquiera una etiqueta. Había bastante público, era gratis, era el centro, pero público que sabía los estribillos, que hacía los coros, que mostraba un entusiasmo más correcto que el de los carabancheleros, pero entusiasmo al fin y al cabo. Incluso público joven, es raro, pero cierto, que escuchaban rígidos, atentos, no sé si fascinados u horrorizados. Quién sabe, si podemos empezar a albergar algo parecido a esperanza.

 

Aguanté, aunque no del todo, lo sé, he sido malo, pero me dolía la espalda, estaba mareado. Ay, el ejercicio físico es bueno pero cuando el cuerpo pide pitanza, es implacable. Tenía que cenar un poco. Y aquí estamos, mucho mejor.

 

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