Fantasy bar y los pingüinos gemelos

Un pingüino entra a un bar y le dice al camarero: “¿Ha visto pasar a mi hermano? Tiene que haber estado aquí hace un momento”. El camarero le responde: “No sé cómo era”. Ni los fans reaccionaron, pero era normal. Era un chiste raro, de manera consciente.

 

Pero como en definitiva, lo que importa es la música, ahí si nos dio una lección de buen hacer. Su sentido del humor, retorcido, agresivo, rozando la línea de lo correcto casi siempre, era el propio de todo buen hermano pequeño de Isi Vaamonde, intentando ponerse a la altura de su circunspecto pariente. Su música, mejor lo lees en la crónica, ya sabes, pincha donde dice aquí.

 

Después de ese atracón de sensibilidad, acabé en Chueca, dominada por un gigante hormonado que portaba un fálico frasco de colonia. Aquello parecía Los Ángeles de Blade Runner, absurdo, superficial, primario… gente con dinero, gente buscando dinero, gente haciendo la consabida pose moderna, mamarrachas montando una especie de performance que grababan en vídeo: una chica pintada de negro llevaba un teléfono rojo y se lo daba a las gentes de la terraza. Debe ser horrible ser cliente de un bar de esa plaza y tomar una cerveza en la calle, acosado por los de los malabares, por los modelnos, por todos los que han decidido que debes tener dinero de sobra puesto que vas a pagar un pastón por un tercio barato. Más horrible es decidir sentarse ahí, voluntariamente, y lo sé porque lo he hecho, muchas veces. Casi tanto como mantener permanentemente la actitud combativa, todos somos humanos, nos cansamos, cedemos. De eso se aprovechan otros tan humanos como nosotros que parece que no se cansan nunca de joder.

 

Afortunadamente estaba La Pequeña Bety, el oasis rockabilly con su gente retro y su música de otra época. Y sus copas que sabían a vodka, no a limón a la rica garrafa.

 

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