Silvia Penide en la diana (actualizado).

Cuando recibes un reflejo de tí mismo en una canción, un reflejo que además es incómodo, es raro que castigues al autor/intérprete con tu rechazo. En cualquier caso, tu reacción suele oscilar entre el regocijo, el agradecimiento y el carné del club de fans. El castigo, más tarde, lo has de recibir tú mismo. Un sencillo par de versos explicando el sonido discordante de dos colecciones de discos en una casa ha sido el retrato más fiel que recuerde de lo que es mi vida, ahora. El resto de la canción, una incómoda relación que parecía cercana al fracaso me ha puesto contra las cuerdas. pero que la imagen inicial fuera tan acertada, tan exacta, ¿quiere decir que todo lo demás deba venir en el lote? ¿o sólo me he dejado llevar?

 

Porque lo que más me gusta de mi casa es esa desafinante variedad de músicas. Y que la armonía consiga imponerse a tantos desacordes. Quizás debiera preguntarle a Silvia.

 

Y hablando de ella, queda claro que me gustó. Lo que más, su búsqueda, basada en el estilo, algo que me recuerda a uno de mis escritores favoritos, Juan Benet. Se adivinaba un gusto por la canción protesta setentera en los temas viejos que interpretó, no solo en el contenido sino en una manera rabiosa de tocar y de cantar. Incluso el giro casi electrónico de ahora, el intimismo y el gusto por las melodías difíciles implica una nueva etapa en la evolución de esta cantautora. Las programaciones crean atmósfera, los instrumentos se acarician, no se aporrean y ella oscila entre el susurro y el grito, para contar las historias de rupturas y de cambios que trata su tercer trabajo. Hay contenido, es descarado, pero sobre todo, hay una reflexión sobre cómo cantarlo, cómo tocarlo y grabarlo, y eso es algo poco común. Es, será una artista brillante que se toma en serio, y mucho, su labor.

 

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