Miguel Bosé, y el tiempo.

Ahora que parece definitivamente acabado, alguien ha decidido que es el momento de rehabilitarlo. Una gran noticia y una inmensa desgracia, que otro dinosaurio decida no extinguirse y tapone con su exceso de peso la puerta de salida de especies más innovadoras.

 

El País va a vender en formato libro-disco toda su discografía. Por supuesto, he sido fan suyo y aprovecharé para renovar soporte y rellenar mi iPod con piezas de mejor sonido. No voy a hacerme con todo porque mucho es desdeñable: lo más antiguo, y lo más nuevo, para ser más concreto. Ojalá hubieran incluido información interesante en los textos que acompañan esos discos, pero han preferido convencer a personajes más o menos prestigiosos, como Nuria Amat, una gran escritora, o Boris Yzaguirre, otra pálida sombra de sus buenos momentos, para repetir una interminable lista de elogios muchos de ellos exagerados, bastantes inexactos y posiblemente en algún caso acertados, pero que ni aportan información ni tienen el más mínimo interés. Es una lástima, desaprovechar tan buena ocasión de explicar uno a uno sus discos.

 

Gracias a su habilidad para reinventarse, que ha utilizado en un par de ocasiones y que le funcionó, una sí, la otra no, Bosé ha conservado el estátus de mito viviente desde los años 70 hasta hoy. Su gran momento de fama llegó poco antes de que comenzara a existir para mí, cuando era un ídolo de adolescentes más marica que ambiguo. En 1984 decidió cambiar su estilo musical y hacer algo más maduro, más interesante. Siempre ha presumido que el cambio no fue bien visto por su discográfica de entonces, pero finalmente aquél “Bandido” funcionó, dejando para la posteridad dos clásicos inolvidables, la canción que daba título al disco, y “Sevilla”. Algo parecido a lo que le ha sucedido a Mónica Naranjo.

 

Yo llegué algún tiempo después, cuando se marchó de CBS y fichó por Warner, la que ha sido su casa de discos hasta hoy, y que por fin han podido ganar dinero de verdad con él, precisamente en el peor momento imaginable, cuando sus grandes estrellas van perdiendo gancho comercial. Otro demérito más para Bosé, convertirse en el salvador de Wea. Pero no nos salgamos del camino. “Salamandra” fue lo primero suyo que me compré. Su sonido vaporoso, su manera de cantar, impostada y en ocasiones semi-sexual, sus metáforas rebuscadas y las grandes melodías eran virtudes que justificaban aquél disco. Perdió a buena parte de su público, aunque conservó su nombre y adquirió un prestigio que para muchos es exagerado, no para mí. Bosé ha sido siempre una estrella, no un artista independiente, pero también ha sabido demostrar que, si quiere, puede ser inquieto, explorador y atrevido. Salamandra es la prueba. Ha hecho discos extraños después, pero en circunstancias distintas, como ya veremos, que hicieron de colchón e incluso favorecieron la buena marcha de las ventas.

 

Para Carlos Berlanga, “XXX” (1987) es su mejor trabajo. A su manera acertaba. Primero por la producción, exagerada, sofisticada. Segundo porque los temas de relleno son fantásticos. Tercero, porque no dejó ninguna canción mítica y es algo que se agradece, porque excepto la salvajada que le han hecho a “Como un lobo”, no hemos tenido que soportar ningún atentado contra las canciones de este disco en el infumable “Papito”. A su manera es su trabajo más cinematográfico, más centrado en contar historias, en desarrollar tramas ocultando los hilos conductores para que tengamos que intuir las verdades detrás de las escenas. Quien quiera recuperarlo ahora, que espere al final, a una canción estupenda y sorprendente, “La gran ciudad”, que hubiera merecido mucha más atención de la que tuvo.

 

Posiblemente en Warner estaban un poco cansados de no comerse un colín con su flamante “mito viviente”. Por eso su siguiente disco parecía destinado a romper la tendencia y convertirlo de nuevo en un verdadero súper ventas. Colaboró con lo mejor (bueno, es una manera de decirlo), entonces, de la música española: Mikel Eretxun, de Duncan Dhu, Nacho Campillo, de Nacha Pop, o Rafa Sánchez y La Unión. Intenta convencernos que había hecho un esfuerzo por ser más accesible, por suavizar el misterio en sus letras y que cualquiera pudiera comprenderlas. Era divertido escuchar decir esto a los locutores de los 40, porque estoy seguro que se estaba burlando de todos ellos. Cualquiera que diga que sabe lo que quiere decir la letra de Bambú, que levante la mano. Quizás, ni su autor. Pero es cierto que hizo un pequeño intento de evolucionar, de cambiar. Una producción más inmediata, cercana al pop-rock aunque extraña, manteniendo los instrumentos en un segundo plano, alejados, y su voz cercana y rotunda, pegada a nuestras orejas. Como si quisieran sugerir el aliento rock de las canciones, pero a la vez desmentirlo. Y otra vez, no quedó ninguna canción para la memoria colectiva, quizás “Bambú” y “Los chicos no lloran”, aunque… no tanto. Personalmente me quedo con el segundo corte, “Senza di te”, su versión de Tennessee Williams.

 

No sé si le fue bien, pero el hecho de que le dejaran grabar un disco como el que vino después, en 1993, es un síntoma. “Bajo el signo de Caín” parece pensado para confirmarlo como uno de los grandes por su capacidad para editar buenos discos.  Hay mucha gente que lo considera su mejor trabajo, incluso un servidor, en su momento. Porque por otro lado, es quizás el que peor resiste el paso del tiempo, congelado en sus guiños a lo folk, a lo electrónico, a lo vanguardista, pero saturado de pretenciosidad y, en definitiva, vacío. Fue un disco bienintencionado porque seguramente no iba a funcionar. Pero tuvo suerte, alguien publicó la noticia de su inminente muerte víctima del SIDA y pudo organizar todo un numerito en televisión, con Mercedes Milá y Pedro Almodóvar como maestros de ceremonias, alrededor del gran tema: ¿Miguel Bosé es homosexual?

 

Ay, la ambigüedad. Ha sido portada de Zero, ha llevado trajes de samurai, mallas de colorines, ha lucido pluma elegante y se dedica a lanzar guiños desde sus letras, declaraciones de eterna soltería y algún que otro alegato a favor de la camaradería masculina. Demasiadas pistas. Pero no ha sabido dejar ese juego cuando ya no tenía sentido. Ahora mismo no le importa a nadie en qué acera anda. A las niñas tontas que se supone podrían comprar sus discos hasta les daría morbo saber que es gay. A Alejandro Sanz le haría un favor, desmintiendo que se lo ha tirado, aunque quizás si dijera lo contrario animaría su languideciente carrera. Pero ha seguido empeñado en jugar con fuego, tirando la piedra, escondido la mano, hasta dejarnos muertos de aburrimiento. Venga, Miguel, déjalo ya. Que ya no tienes edad para tonterías.

 

“Laberinto” (1996) nació sin brazos y sin piernas. No pudo ponerse a la altura de su predecesor, ni artística ni comercialmente. No en el momento, porque sí ha conseguido superar la prueba de los años. Es su disco más ambicioso, sin duda. Repetía la fórmula de “Bajo el signo de Caín”, repetía productor y concepto. Y al final estaba mucho mejor hecho. Solo que le salió difícil. La digestión iba para largo. Tanto que nadie se ha molestado en recuperarlo. Es una pena. Descubran este disco, en serio.

 

“11 maneras de ponerse un sombrero” (2000) es para mí su último trabajo. Es un disco de versiones que recupera el “Ne me quitte pas”, o “La Belleza”, de Aute. En su momento me enganchó, creo que más que la mayoría (que lo hicieron mucho) y me hizo esperar cosas magníficas del futuro. Qué pena porque sucedió justo lo contrario. No soy capaz de recordar el orden en que llegaron los siguientes, “Sereno”, “Por vos muero”, “Velvetina” y ahora, “Papito”, pero me cuesta no avergonzarme de proclamar que Miguel Bosé me gusta, o me gustó. Supongo que la inspiración o el criterio se marchan tarde o temprano, que no hay nada eterno. Pero la caída ha sido tan pronunciada, tan repentina, que me costó recuperarme. No creo que, a estas alturas sea capaz de ofrecer nada nuevo, salgo quizás que anuncie su retirada. No es mal momento. Por fin ha logrado un multi número uno, está recuperando toda su discografía, de alguna manera es como si estuviéramos dándole el homenaje póstumo, antes de morir. Si, Miguel, es buen momento para coger el dinero, jubilarse y pasarlo bien una temporada. Antes de terminar de pisotear lo poco que queda de los grandes recuerdos que nos has dejado y no seamos capaces de ver más allá del ridículo monigote en que te has convertido.