Unii y Narcoléptica en Café la Palma. 22 de abril de 2015.

Narcoléptica es Beatriz Vaca, de Hielo en Varsovia, un experimento tan cercano al ruido y la distorsión como opuesto en su manera de materializarse; igual de onírico, en la frontera de la pesadilla, pero concebido como piezas ambientales en las que el sonido se enreda en sí mismo hasta convertirse en un caos seminal, como el vientre materno con un equipo de alta fidelidad atronando encima de nuestra cabeza de feto. Todo claro, lejano y enmarañado. Y aviso, necesita tiempo para alcanzar el nervio.

Unii mezcla voz, melodía y sonidos orgánicos y sintetizados y crea piezas de desarrollo plácido y un arco estructural amplio; quizás pueda ser la pachorra asiática, aunque sospecho que es más una cuestión de carácter que de geografía puesto que el concepto y la reacción vienen a ser parecidas a la de su compañera de noche; el nervio, aunque algo más evidente cuando canta (el exotismo, la dulzura), se dispara pasado un tiempo, que hay que conceder.

Dos actuaciones opuestas, cortadas con el mismo patrón.

LoneLady. Hinterland (2015)

 

LonloneSi el debut de LoneLady era un disco desnudo y casi antipático, pero con un groove y un nervio contagiosos y euforizantes, su segunda incursión preserva la idea de hacer bailar con una oscuridad matizada, sofisticada y menos áspera, que repite sin embargo con fidelidad los esquemas compositivos de Nerve Up. Es tan reconocible que sorprende que una repetición tan obvia no huela a recalentado. Algo que sucederá, pero no ahora ni con Hinterland.

La base rítmica sigue marcada por los riffs de guitarra, más el apoyo de los bajos. Sobre esa (ya lo he dicho, suavizada con percusiones y efectos sonoros) espinosa estructura los estribillos van sucediéndose y confirmando que Julie Ann Campbell tiene toque para el pop. Muy raro será que alguno de sus temas no termine infectando pistas de bailes, alternativas, tenebrosas o enteradas: Si no ha sucedido ya.

Si llegas a Flee! encontrarás la pequeña salida de tono del disco. Una canción melancólica trabada sobre violines (o violoncello, que es el instrumento que ella toca) afilados, desconcertante, perturbada, y hermosa. Sin ser la mejor, puede convertirse en la más llamativa, o recordada.

Hinterland fue grabado por LoneLady en su estudio casero, con una grabadora Tascam de casetes, de 8 pistas. El resulado, si  nos atenemos a la información facilitada por Warp, su sello, es auténtico pop de autor, grabado, producido e interpretado por una sola mano.

Noreste y Emiliana Torrini en Teatro Barceló (Madrid). 16 de abril de 2015

Noreste suenan apabullados por el tono grandilocuente y marinero que tiene su música, y sólo cuando se dejan llevar por cierta locura (como siempre, al final) arrancan algo parecido a la emoción y no un mero asentimiento. Cuanto menos saben estar y saben crear, aunque sea a partir de casi nada.

Emiliana Torrini es capaz de conseguir que, con una voz meliflua y escasa más un par de trucos, cualquiera se quede embrujado alrededor de un encanto deslumbrante e incomprensible. Es casi imposible reconocer a aquella estrella del Trip-Hop que quisieron fabricar en los noventa, a la sombra de Björk y de Portishead en su actitud y su repertorio, más cercano al pop, íntimo y sencillo y sorprendentemente, más coherente con lo que se adivina en ella. En una suerte de pacto con Lucifer su voz parece inalterable, perfecta, como un zumbido que no se entiende por qué suena tan bonito pero que incluso se atreve con algún coqueteo con una suerte de gypsy punk que no pasa de anécdota en el conjunto de temas que está interpretando. Su divisa son la inocencia y la fragilidad y lo sabe; y, lo mejor de todo, su forma de parecer tan poca cosa se resuelve con un sonoro triunfo (sin opacar a una banda que sabe estar a un lado hasta que llega el momento de hacer las canciones grandes, enormes). Hay que hacerse fan de la Torrini.

Twin Shadow. Eclipse (2015)

Eclipse es un trabajo impecable y sibilino, tan astuto como hermoso, que hace de marca de salida para la consagración comercial de George Lewis, o Twin Shadow, que seguramente se ve a si mismo como una reencarnación del Prince de los 80, y sin que le falte razón, aunque el Prince de Purple Rain era un hervidero de ideas demasiado caprichoso para actuar según un plan (vean su discografía posterior), y tal vez por eso le sobró autenticidad, o mejor dicho la sinceridad que le falta a Eclipse. Todo en este disco es una trampa que nos arrastra a la gloria de su creador. Y el truco es tan deslumbrante y obvio que si uno cae, es consciente de dónde se dirige. Excepto los que no presumen de gafas de crítico, que pueden disfrutar sin más sufrimientos retorcidos. Hay casos que la ignorancia es felicidad y he de decir, en honor de Lewis, que el suyo es uno de los más flagrantes que he encontrado. La grandeza irresistible de varios temas de la primera mitad son sin duda lo mejor del conjunto y la excusa que ha justificado estas líneas. Flatliners, When the Lights Turn Out (una maravilla pop que recuerda a Cyndi Lauper la inusual), Alone (preciosa la voz de Lily Elise, a la vez tan seductora y familiar) y Eclipse serán canciones que el público reclamará en los conciertos, y saturará su presencia de pantallas de smartphones en exhibición. Tal vez Old love/New love, la pieza más dance, merezca aparecer en esta discutible lista de hits. La buena noticia es el retorno del gran pop, trabajado y enriquecedor a pesar de ser un producto tan olvidable como cualquier otro que compremos a diario. Pero pop con letras grandes. Que ya era hora.

DuMMie en Galileo (Madrid). 8 de abril de 2015.

Más que el jazz lo que DuMMie pretende abrazar es el encanto de la perfecta canción pop, cargada con la retórica de un estilo que igual les sirve de cimiento que como detalle en los acabados. Sobre todo, porque a veces la intención funciona y, escuchando “A este lado del río” la piel del cogote se pone nerviosa y por la espalda suben cosquillas. El público se alborota y las cervezas chisporrotean más felices.

Será una pena que su música pase a la posteridad como una anécdota para paladares cultivados porque merecen y apuntan a las masas; se adivina el germen de posibles himnos, la influencia y los estadios, los mecheros alzados y las ganas de colarse en nuestros bagajes sentimentales, recuerdos imborrables, arrebatos políticos y más cosas. Se intuye algo que y mencioné en su momento, el puente entre tribus o generaciones. Pero lo mejor de todo es el respeto a un público genérico, que no estúpido: canciones trabajadas, letras que que mezclan hallazgos con lugares comunes, notas en su lugar, pasión afinada. Y la expectación del milagro que no ha de llegar, o quién sabe…

Vessels: Dilate (2015)

Vessels da la impresión que ha terminado de resolver la indecisión que se adivinaba en su evolución, desde los postulados del Post-rock a la irrupción de las máquinas y la electrónica, para abrazar finalmente el Techno e inaugurar esta nueva encarnación de la banda británica reproduciendo los primeros balbuceos de la evolución maquinal del Disco. Y aunque no parece la intención, han hecho un trabajo bailable, o menos hipnótico y más contagioso en algunos de sus altos. Permanece, incluso acentuada, la sensación cinemática y se adivinan algunos retazos de sicodelia en las imágenes -las películas- que sugieren en los largos desarrollos y la contagiosa monotonía de sus composiciones.

Pero no todo es Techno: Elliptic, una aventura espacial disuelta en un desorden físico de percusiones, o en unas risas, por ser menos exactos. En Echo In apenas se adivina, pero ahí está, el Dubstep. On Monos mezcla una voz vaporosa con ecos de House, evitando la tendencia a las vocalistas de raíz negra y temperamento agresivo.  El Techno, sin embargo, es el sub-género que menos criba sufre, el que más los criba a ellos, por decirlo de alguna manera, y sobre todo donde han concentrado sus esfuerzos creativos.

Pumuky. Justicia Poética (2015)

Justicia Poética, o al menos su primera mitad, pudiera ser el disco más desbocado de Pumuky. Una cualidad (porque lo es) que se convierte en la aportación esencial a su trayectoria y el mejor motivo para seguir enganchados a esta formación dispersa entre Barcelona y las Islas Canarias.

Hasta ahora todos sus discos han sido el reflejo de las obsesiones personales y sonoras de Jaír Ramírez, fiel al dream-pop con altura de himno y atmósferas de inquietud y sueño. Ya he citado en otras ocasiones Disintegration como una referencia del grupo y en este disco se hace mucho más que evidente. La electrónica y una producción espacial matizan la agobiante densidad de The Cure y convierten a Pumuky en una visión desde el sur de un trabajo mítico.

Ese peculiar encuentro entre la canción de autor -o con autor- más el trabajo colectivo de una banda continúa funcionando, cierto que repitiendo el patrón con que aparecieron y que han ido repitiendo disco tras disco, aunque manteniendo un grado de fuerza emocional y un juego con la belleza que no parece marchitarse. Si El bosque en llamas es su obra maestra, Justicia poética es la prueba de su vitalidad y de su, hasta el momento, fértil inspiración, y un disco bello, compacto y repleto de grandes momentos.