Laura Groves

Cuando Joanna Newsom iba a empezar a recoger los dividendos (y las pedradas) de su tercer disco, Have One on Me, apareció el trabajo debut de Laura Groves, titulado Blue Roses: el disco y ella, pues eligió el mismo nombre como seudónimo. Uno piensa en esa especie de sicodelia desbocada de la Newsom, atemperada por el aliento pop de Kate Bush, cuya influencia en la música británica en general y en una buena cantidad de solistas femeninas en particular será algún día una tesis doctoral, si no lo ha sido ya. Pero volvamos a Blue Roses. Lanzado por XL Recordings,  desconozco cual fue su fortuna comercial, pero no me sorprende que la discográfica de Adele o Devendra Banhart se fijara en esta cantautora de provincias, cuyas canciones acarameladas sabían provocar una suerte de ternura intensa con arrebatos de felicidad.

Laura se mudó a Londres, dejó XL (con la que había editado un segundo trabajo), y sacó un segundo disco, el e.p. Thinking about Thinking,  que se acercaba más a las enseñanzas de Kate (y Japan, o Tears for Fears, por qué no) y recreaba sin pudor lo mejor que aportaron los años 80 al pop, jugando a las paradojas: complejidad, atmósferas y juego, oscuridad, indefinición, y canciones bien acabadas, con el filo perfecto que ella sabe sacarles. Es decir, convertir en grandeza y barroquismo el espíritu juguetón y minimalista, ingenioso y ligero del pop.

Con su actual discográfica Deek Recordings, acaba de publicar otro e.p. más, el tercero de su carrera y cuarto en total, compuesto con una idea concreta: que el lenguaje se puede utilizar, y se utiliza, para no entendernos, para esconder y no enseñar. Ella ha querido hacer una música que apele al sentimiento y que conecte con el oyente sin desvíos o laberintos. Y, de nuevo, ha apelado a la música de los 80, con esa atmósfera neblinosa aunque con más pop y claridad en las melodías. Es quizás su mejor trabajo, aunque reconozco que Blue Roses es un disco emocionante del principio al fin; pero, este Commited Language tiene personalidad, no está enlazado necesariamente a tal o cual artista, como sucedía con sus anteriores entregas. Ahora se trata de Laura Groves, de un mundo creativo definido, hecho de préstamos por supuesto, y levantado sobre un concepto; y, emocionante, afilado, dañino y sanador.

(Laura esta acompañando en directo a Elbow)

The Faith Keepers en Café la Palma (Madrid). 19 de febrero de 2015.

Los maños The Faith Keepers se han presentando en Madrid arrollando con su funk de sudar con los ritmos de los abuelos, y declarando que hay demasiadas bandas soul con traje y corbata en la escena. Una declaración de principios lanzada pecho descubierto que podrá sonar incluso impertinente, pero que los sitúa en un lugar propio, más cerca de los genuinos padres fundadores que del posterior ruido negro, empaquetado para blancos (que al final, es de lo que iba todo esto): o, mejor aún, de los inalcanzables Tokyo Sex Destruction en vez de Freedonia, The Sweet Vandals o The Excitements.

En cualquier caso y poses aparte el temperamento de su vocalista (equiparable al de Janis Joplin), más el de una banda que sabe mantener esa conversación entre el sudor y los rugidos son el combinado de inflamables que prenden y arrollan, son demasiado buenos para pretender pasar de largo. Que son sólo versiones, que si mira qué vulgares, pero por ahí adelante las camisas se van desabotonando y las cabezas se agitan cono deben: la jungla va acomodándose en el lugar y los humanos comienzan a revolverse como bichos agitados encima de un hornillo.

Tropics: Rapture (2015)

Si entendemos el concepto del amor a primera vista así, es por discos como el que acaba de publicar Tropics (Chris Ward) y la elegancia noctámbula, canalla que atrapa desde el instante que escuchamos su voz ambigua y nos encontramos balanceándonos al amor de sus arreglos. En la línea de Milosh, Beacon o los mismísimos Sade, la suya parece la voz del deseo y la fragilidad, y de como uno nos lleva a la otra a través de la exposición y la desnudez. Coqueteando con el susurro, rompiendo los tópicos sobre lo masculino o lo femenino, igual podría ser un hombre femenino, una mujer masculina, o nada de eso. La belleza de su interpretación se solapa con la de los arreglos, la producción y las canciones que ha creado para su segundo trabajo.

Si en general el color sonoro se ajusta al soul lento y sensual, hay algunas sorpresas realmente estimulantes, como ese tránsito entre lo jazzy a la manera de los años 80 y el dubstep soñador de esos últimos años en Torrents of spring. O la enérgica Home & consonance, que suena como una huída de la penumbra y la intimidad en que hasta el momento se ha ido moviendo Rapture. A partir de este momento se vuelve electrónico y juguetón, hasta cierto punto extrovertido e incluso (House of leaves es material  de remezcla) bailable.

Tricky en el Teatro Barceló (Madrid). 15 de febrero de 2015.

Aparte de la apabullante cantidad y profundidad de bajos, el concierto de Tricky se resume en acoples y voces casi desaparecidas detrás del trabajo delas bases y el guitarrista con que está construyendo todo: este último bien, por cierto, es quien va a acaparar el protagonismo de un concierto digno de olvido. Ni el propio Tricky, ni K Bleax, la cantante que le acompaña han tenido ocasión de ser escuchados más allá del murmullo. De la grandeza emocionante que le presuponemos, y que es seguramente la razón por la que estamos todos aquí, apenas un atisbo.

A pesar de recibir pitos en determinado punto, cuando se agota la tolerancia de la asistencia, nada sucede. Buen material echado a perder por un pésimo sonido y una inexistente complicidad con el público. Los bises son un intento, más o menos exitoso de retomar todo el desastre e intentar darle la vuelta demostrándose que las cosas se consiguen cuando realmente nos ponemos a ello. La pena, haber tirado 27 euros. Tres canciones interpretadas regular no compensan la decepción.

Nomads: When those around us leave (2015)

El nuevo disco de los de Cleveland Nomads está hecho a partir de líneas melódicas muy sencillas, arregladas y vestidas para activar la faceta emocional e impresionista del sonido que persiguen, y que sería una banda sonora entre lo cotidiano, la tristeza y la empatía (para bien y para mal), una suerte de versión instrumental de The Antlers, con la misma oscuridad hogareña y el mismo aire de pop bastardo, de cercanía matizada a lo pegadizo.

When those around us leave es un disco de guitarras casi en su mayor parte. Muestran las melodías, disfrazan los trucos y crean las atmósferas. Es más: Los vientos nos hacen balancearnos precisamente hacia el Indie de Antlers y los teclados (como sucede en Horizon) a algo entre el sonido post-rock que ellos reividican y un eco realmente inspirado de Coldplay (que ya les gustaría), o Keane. Pero no pierden el tono, en realidad, aunque llegan a provocar un despiste bastante interesante.

Que cada oyente decida si es blando, o sensible: el disco, o el oyente.

Víctor Santana Trío en Café la Palma, Madrid. 6 de febrero de 2015.

Es la energía, estúpido. Nada más puede explicar que un tipo apacible, casi con aires de desconcierto, se convierta en una fiera. Que unos toques de saxo enérgicos y desordenados durante una prueba de sonido adquieran sentido y obliguen a bailar a una sala llena de gente. Víctor Santana ha conseguido sintonizar con la esencia del swing y con la raíz de la electrónica que nació del disco, y ha logrado crear un nexo entre ambas que lo deja a la altura de monstruos como Herbert, o Wesseltoft (es decir, cuando se manifiesta el genio que le bulle en la cabeza y la sorpresa no se puede obviar). Que salten pantallas de móvil como setas, en una especie de rito inexplicable, todas a la vez, todas balanceándose y tomando fotos movidas, tiene que ser por la energía, transformándonos en oleadas (eso que llamamos subidones) igual que los primeros chutes. O algo más, una explicación sesuda con contextos y razonamientos que estropearían el groove y obviarían el calor y la sed y la testimonial presencia de charlatanes en la barra, las mangas cortas en pleno Febrero frente frío y la cara de expectación de todos los que pasan. La energía, que ha decidido quedarse con nosotros y transformarnos en lo que ella, o Víctor, quieren.

The Dodos: Individ (2015)

The Dodos andan entregados a la rutina de sacar buenos discos, y siempre el mismo disco. Lo cual no es tan malo como parece, mientras se cumpla la primera condición. Individ lo hace, y a ello vamos.

Lo nuevo de la banda californiana es un disco breve, en el que se distinguen dos grupos de canciones: Las tres primeras Precipitation, The Tide y Bubble, enérgicas y contagiosas, responden a ese espíritu entusiasta y universitario por el que los adoramos, y serán el reclamo principal para acudir a sus conciertos (ya han anunciado fechas en España). El segundo grupo,  Darkness, Goodbyes and Endings, Retriever, se lanza a la ampulosidad y los medios tiempos, y quedan como himnos a medio hacer, disueltos en una cierta melancolía y bastante emotividad. Posiblemente, serán las excusas para volver a escuchar el disco unas cuantas veces, superada la euforia de las anteriores.

Aparte quedaría Bastard, la balada, el himno y la perla del disco. El interruptor emocional de Individ, y es posible que lo mejor del disco, con ecos de la Velvet, y digna de ellos. Uno de esos temas que explican los fans que acumulan The Dodos y un par de escuchas extra. Y, como final, la pieza menos convencional, Pattern/Shadow, una salida psicodélica que podría hasta encajar en la etiqueta “folk” que habitualmente se encuentran colgando de cualquier lugar.