Joris Delacroix: Movings (2015)

El francés Delacroix quiere darle glamour a la proyección “clásica”, usando el poderío vocal de cantantes bien escogidos y la estructura pop estrofa/estribillo, alentada por la sutileza monótona del minimal. Nada y guarda la ropa, y en el trayecto consigue que bailemos. Posiblemente tenga más genes pegados a la fiesta hedonista house que al Deep Techno, y bendita sea su habilidad para agitar cuerpos. Quizás sea una de las promesas del futuro de la musica de baile, con o sin proyección comercial. El futuro, a su tiempo. Pero las tripas me mandan buenas sensaciones, sobre todo al escuchar los dos temas instrumentales, Courage y Condescendance, ligeros, irresistibles, y esqueleto de sus ideas para la pista: se disfrutan con ganas y logran que olvidemos los momentos mas asequibles en favor de la euforia.

Paula Esteban: Elixir (2016)

Paula Esteban, a partir del relato de alguien que guarda/enseña/desarolla algunas canciones en un cajón, quiere convertirse en muchas cosas, lejos de esa imagen tan de serie de televisión de la chica que canta y compone y que se desvive detrás de una guitarra acústica. Paula quiere hacer rock y liderar una banda; dejar que los chicos con los que toca aporten sus propias ideas y probar aquí y allá, duro y blando, sentimental y pícaro.

Y es capaz de sentirse triste, frívola, perversa; de hacer pop travestido con psicodelia y algo de veneno en Chica Correcta, la canción del despertar y la ingenuidad rota, o una sencilla canción de lujuria y amor/pasión sobre las llanuras arrasadas de La Mancha, a ritmo de country, en Paraísos no Etiquetados (que aun siendo posiblemente la canción más floja deja una imagen absolutamente genial en una simple frase: follar delante de un tractor). Dejar un vistazo de lo que puede hacer si se empeña en emocionar con un tema como Escalera a la Luna, o de experimenthe tar con el Folk-Rock con la enérgica Lobos, el himno del disco, que inevitablemente me recuerda, por asociación, a The Wolves de Ben Howard, aunque haya pocos puntos de común salvo ese aire de himno contenido (quizás estas dos últimas sean las dos piezas más logradas de Elixir), o de mostrarse inquietante y oscura en temas tan intrigantes como Explosión, y Subliminal, que serían la irrupción del deseo en el universo de Paula Esteban y, para cerrar, Dudas, la letra más lograda y, lógicamente, la más envenenada.

En el orden en que vienen, estas siete canciones vendrían a describir el proceso de descubrimiento/disfrute/agitación/entendimiento que hay en una relación sentimental, cuando aparecen los grises, la dependencia, la fragilidad o la añoranza.

Paula Esteban apenas ha (han, hablemos con propiedad) comenzado a andar un camino para el que han elegido sonido y compañía, y está(n) ocupada/ocupados probando dónde se puede llegar. Y son confusos, y está confundida, potentes, personales, divertidas e inspiradas todo en uno. Sumando contradicciones que muestran carácter, colaboración y talento. Les toca contarnos todavía lo que de verdad quieren, y hacer el trabajo que ponga su nombre en el lugar merecido. Pero es obvio, no tienen prisa. El juego apenas tiene definidas las normas o el objetivo, y de momento nos regalan (literalmente desde su sitio web) Elixir, un pequeño relato sobre la desaparición de la ingenuidad y la aparición de la química.

Mayte Martín. Auditorio del Parque Lineal del Manzanares (Madrid). Veranos de la Villa, 1 de agosto de 2016.

Mayte Martín está girando con una serie de textos musicados por ella, a lo largo de una carrera que empieza a convertirse en hito de la industria cultural local, y que no se si será pertinente, o no, pero da una idea de la faceta más formal y clásica de una cantaora apasionante y sorprendente, y que se permite recuperar standards muy a su modo, sonando tan cómoda y personal como pretende y puede. Y gracias, poder tener una artista que, desde el flamenco, puede presumir del nivel de Cassandra Wilson o Dayna Kurtz, y ser tan convencional/buguesa, y accesible como ellas, por que sí.

A estas alturas se ha convertido en una trovadora de la sorna y el desengaño. Cínica, suave, es difícil encontrarle contras. Ha consumado su personal fusión entre el bolero y el flamenco, haciendo de cantante pasional, eliminando los coros y las palmas (el jaleo, vaya) pero preservando la fuerza emotiva de las letras y su interpretación, algo que le acerca a las escasas divas de la copla que no han degenerado en espantajos: Clara Montes, y poco más. Entre la canción ligera, la -cómo no- copla, las intérpretes de antro, lo culto y el arroyo, las lágrimas y los salones.

Y lo que queda es una repetición porque no puede decirse de otra manera: Martín es una cantante capaz de transmitir con una simple frase el dolor que concentra una buena letra. Que su estilo (incluso su manera de componer) es absolutamente reconocible, casi un clon de su forma de transmitir, es indudable; que pocos artistas son capaces de destrozar cualquier serenidad sin esfuerzo, es un hecho. Si alguien, aparte de un perrito inoportuno, los enemigos del técnico de luces y algún “¡viva tu coño!” robado a María Jiménez, descubrió lo que puede hacer con clase y sencillez esta mujer, la recuperación de los Veranos de la Villa para los barrios y los auditorios se habrá justificado la velada y el discutible gratis total de sobra.

[VIDEO] Le Parody: ‘Por el camino largo’ en Matadero

No hay tregua ni sombra por el camino largo.

No me hables de amor, no me agarres la mano. Tus lágrimas no mojan, niño consentido: que tú no has pisado el camino largo.

Le Parody en Matadero Madrid, 30 de julio de 2016

Es curioso que Le Parody sea capaz de sonar diminuta en lugares grandes, y excesiva en recintos íntimos. La verbena veraniega del Matadero de repente parecía constreñir el gigantesco vivero de ideas que se adivina en cada canción, muy coherente con la reivindicación que se hizo al presentar el sonido/formato cd de su disco más reciente, Hondo. Posiblemente hoy, con una orquesta completa, hubiera sido capaz de dibujar con brocha grande el despliegue de fuegos artificiales que se fijan como un eco en la imaginación.

Pero Le Parody son máquinas con alma antigua, y con esa fórmula  es capaz de crear algo propio seleccionando lo mejor de esos tópicos que podemos imaginar de la mezcla de lo folclórico y los sonidos sintéticos. Los desamores y las pasiones. La espontaneidad  y los cuadernos de cuadros. El dolor y la arrogancia. Tiesa como una Dj para las masas y las verbenas, echa a caminar con nombre propio, el suyo, y una emotividad concreta que va y viene, que da golpes sin que te des cuenta y duele de esa manera que no esperabas. Fuegos artificiales caprichosos, luciérnagas borrachas y el (nuevo) formato dúo que incorpora más ruido, más caos y algo de excentricidad, de jazz y estilo con un saxofonista.

[VIDEO] Crepus en Café la Palma

La ruta del Bakalao, en un vídeo.

Joe Crepúsculo “Crepus” en Café la Palma (Madrid), 20 de julio de 2016

Tenga o no la categoría chusca de un artista de variedades, está claro que Joe Crepúsculo es irrepetible, o que dos no serían posibles en este universo. Esa parodia poligonera con la que ha conseguido seducir a un público más o menos chusco, más o menos sabio, se ha convertido en enseña, aparte de unas canciones que,  por buenas, son himnos que se visten al gusto de quien las tome, y operan en el terreno de las excepciones igual que lo hacía el A Quién le Importa.

Crepus consiguió en Café la Palma, con una parsimonia de quien conoce y entiende el bisnes, manejar un rebaño de malasañers con el síndrome del cubata al aire igual que un plácido obispo de visita por los dominios. El cargamento de canciones descreídas, con mucho de rock urbano en español, pero también de romanticismo atormentado y de nihilismo místico, congenia maravillosamente con el alma pastoril del la gleba madrileña, algo que ha demostrado -además- en todas las aceras. Será motivo de estudio cómo alguien que sedujo a la cúpula de Podemos, puede conseguir que despierte una fiesta para personajes que no desmerecerían la enésima, satisfecha, celebración de la calle Génova.

Joe Crepusculo 20jul2016 (5 de 17)