[VIDEO] ELM en El Juglar, 4 de febrero de 2016

Piyama (wini two + aarönsaez)

Recuperar el legado levísimo de La Uniøn desde una actitud destroyer, haciendo explícito lo que en ellos venía sugerido pudiera ser la misión secreta de la extraña sociedad llamada Piyama, suma de wini two y aarönsaez; la misma mezcla de minifaldas, cremalleras y folleteo vicioso, trasladado al contexto de otros tiempos. Y si los chicos de Rafa Sánchez ya eran defendibles lo que hacen estos golfos lo es más por recuperar para el bien (todo lo sofisticado es el Bien) la desfachatez deslenguada del rap. Y ahora viene la cita de les hará más ilusión (o donde me paso definitivamente de listo): Millie Jackson. De cualquier manera, lo que parece una broma es serio y la coherencia dibuja esa fiesta de deseo y canas al aire extremas sobre un claro mapa sonoro al que se ciñen con fidelidad marcial. El pop, el soul, podrían presumir de esplendor simbiótico y de números #1 si los diéramos una oportunidad.

 

ELM en El Juglar. 4 febrero 2016.

De noche los gatos son pardos y las sombras tienen forma y vida propia. Lo que nos parecía obvio se vuelve inconcreto y lo que escuchábamos azul, suena rojo. De noche, en El Juglar, Insensatez suena como un homenaje a Edith Piaf, de la misma manera que ELM se mimetizan en un huracán de temperamento, seguro que recargado por la idea de estar haciendo su canto del cisne, o su última cena, y nada debe salir mal o quedarse a medias. De alguna forma retiran el disfraz sofisticado a su música y queda un apabullante monumento a la creatividad y la testosterona, al orden confuso del jazz en sus apoteosis sesentera y a toda etiqueta a la que puedas poner un “art” delante. Y son capaces de contagiar el entusiasmo hedonista de un entierro de esos que sirven para celebrar con gritos y sustancias el esplendor de un amigo desaparecido. Aunque ellos decidieron hacer como la película y correr el telón justo al término de su propia fiesta. Despidamos al monito, que muere voluntariamente desmembrado pero moviéndose con arte.

[VIDEO] Tucan Morgan en Moby Dick. 30 enero 2016.

Tucan Morgan & Hynkel en Moby Dick (Madrid). 30 de enero de 2016.

Hynkel juega a forzar las paradojas, ensuciando la limpieza del pop con un soul blanqueado y majestuoso, zimbreante, ingenuo y juguetón. No es de sorprender que los tabernarios Tucan Morgan hayan elegido a una banda que les hace de contrapunto aunque sea porque contemplan desde la ventana ese fango que cantan de lejos. Y porque el resultado, a pesar del toque de canción inofensiva que no se les despega, se escucha realmente sólido.

De alguna manera Tucan Morgan han conseguido trascender las etiquetas para centrarse y centrarnos en las emociones, como si la carismática Sonia Tavares hubiera encontrado una banda que piense en contar y no en lucir. Así que igual se los puede llevar a pasear a los prados del soul que encerrarlos en la vereda del rock sin que ellos tuerzan el morro o se amilanen, salvo para coger carrerilla y estampar la siguiente sorpresa en nuestros morros. Y es complicado separar en ellos la confianza y la desvergüenza. O dicho de otra manera, regresaré a casa con zumbido en los oídos y boquiabierto, intentando asimilar el viaje por los tugurios del norte, del sur, del lejano oeste, del caribe y del cool neoyorquino… más el tributo a los inicios pop Whitney Houston. Así de habitado está su disco, y así de ansioso ando por hacerme con una copia.

Romare: Projections (2015)

Projections es un disco-tesis sobre el código genético común y/o paralelo que comparten la música negra y buena parte de la electrónica. Con un finísimo trabajo de costura y reelaboración va logrando reconstruir las raíces convirtiéndolas en algo familiar y desconocido, como la cara de ese hermano que pasó demasiadas veces por el cirujano plástico.

Quizás Romare (su nombre está tomado de Romare Bearden) comparta la tesis de algunos djs  acerca de la decadencia del Techno (y de todos los géneros bailables hermanos) en relación al abandono de determinados referentes como el jazz. Aunque el cuadro que dibuja Projections es mucho más amplio y los reproches salpican en bastantes direcciones más. Quizá él, o nosotros, como oyentes, se está preguntando en que momento los ejercicios de copia y pega han terminado por romper los vínculos con nuestra esencia y nuestra capacidad para entender algo de un ruido que tampoco quiere decir nada, como en esas películas que fabulan sobre las patologías de los clones en futuros posibles. O, más sencillo, quería hacernos bailar con los viejos vinilos de su infancia.

Pero aparte de las ganas de bailar y del flow que desprende un trabajo que merece lugares de honor en cualquier disco-fiesta del planeta, en lo que quiero incidir es en la coherencia del experimento. Romare ha logrado que su clon se mueva con hálito propio, que parezca un niño nuevo nacido como Dios manda en el paraíso de las criaturas naturales. Que aceptemos el engaño y obviemos las costuras, invisibles en cualquier caso, y nos preguntemos cómo el pestazo a bourbon y tugurio que sale de cada una de esas canciones puede casar tan bien con las luces de discoteca y el humo artificial, con las rayas encima de la tapa del water y… creo que al final estoy hablando de lo mismo todo el rato.

Julián Maeso. El Sol (Madrid). 15 de enero de 2016.

Con todas las derivaciones posibles y siempre desde el camino del blues, el soul de Iglesia con fuegos artificiales y la potencia como marca, un concierto de Julián Maeso es tan perfecto como le permiten los cables, y como le dejamos quienes, ignorantes, no notamos que está tocando huerfano de uno de sus teclados y no importa. Arropado por una banda que sabe esperarlo o enmudecerlo, según caiga, lo suyo es una consagración y lo bueno es lo consciente que es, lo poco que presume y lo bien que lo aprovecha, reivindicando a Alberto Anaut, por ejemplo, y el hecho de no cantar en castellano a pesar del paseo por el desierto consecuente y la incomprensión de la ‘industria’.

Disgresiones aparte, todo ese aspecto de elaboración no le quita temperamento. En realidad parece una necesidad del propio Maeso sonar tan potente, apabullante y pegadizo como sea posible. Incluso rugoso. Arovecha que viene bien surtido de artillería y dispara sin piedad. Y parece ser, que para eso hemos venido. En cualquier caso: Que una guitarra y un bajo son sísmicos ya lo sabemos; que un órgano puede ponerse al mismo nivel, eso, chico, me ha pillado con el paso cambiado.

Sirva como resumen o nueva sección dedicada a la palabrería, que Maeso se ha convertido sin que parezca evidente en algo así como una autoridad dentro de la música negra, convirtiendo la obsesión por lo negro en motivo artístico, muy a la Cocker, y que podría estar en esa transición hacia algo mayor -en público-, a la James Morrison (aunque Anaut parece más adecuado en ese papel). La cuestión es que ha aprendido de ciertos ejemplos clásicos de mimetismo y adopción de una tradición musical aparentemente extraña como fórmula de éxito, y que aunque el éxito le ha llegado en la escala que permite esta península, el clasicismo (y ese reservado en nuestros modestos altarcillos) se le ha pegado como si lo llevara de serie. Y, aparte del llenazo y las caras familiares y toda esa reverencia que parece levantar, la cosa es que transmutarse en indispensable desde las hieles del lugar dónde están los Don Nadie, parece la historia que el duende puñetero nos estaba susurrando.