Lázaro y Rusos Blancos. Café la Palma. 2 de julio de 2015.

La progresión de Lázaro sigue, sin apenas ninguna pausa, y cada concierto que dan (de los que yo no me pierdo) su sonido mejora. Parece, y así lo anuncia Nieves, cuyo apellido es el nombre de la banda, están convirtiéndose en un equipo de cara a crear canciones y, sospecho, a apuntalar el sonido que escuchamos. A veces se intuye aquella energía vándala de J.F. Sebastian, la banda de la que Nieves  formó parte, pero también las intenciones hacia el pop, y hacia ese maremágnum de sonidos oscuros de los que The Cure han sido tan buenos representantes, o beneficiarios. Y mientras ellos renquean, entre el optimismo, la perversidad y lo naive, me regocijo imaginando su evolución / eclosión como lo que sea que vayan a ser.

 

Rusos Blancos están tocando a remolque de la fuerza de sus canciones, y si no fuera por eso, la desgana con que se mueven mataría un directo que debiera ser hiriente y divertido. En cualquier caso, que sean capaces de evocar a una vieja gloria rumiando su decadencia en cualquier casino con su apatía da una idea de lo buenos que son, o de lo mucho y ciegamente que nos gustan, a pesar de todo. Y así habrá que tomárselo.

 

Andreya Triana: Giants (2015)

No se dónde anda la línea que separa el pop con pretensiones del pop tal cual, ese que busca el mayor número posible de adhesiones. Porque son la misma cosa, salvo quizás el peso de las influencias, la importancia del ego de un autor, o un artista, o un tipo/tipa que quiere ser reconocido como tal, aparte de contar feliz los beneficios de las ventas del último hit, claro. De Bowie y su cara, un icono garantizando éxito a los números 1 manufacturados de la Motown, que lucen a pesar de todo repletos de sabiduría y mitomanías, pero también de humildad, y de pragmatismo.

Toda esta cosa retorcida viene a propósito de ‘Giants‘, el segundo disco de la londinense Andreya Triana, digamos que una protegida de Bonobo y colaboradora de Flying Lotus, Fink o Mr. Scruff. Fichaje en su momento de Ninja Tune (su sello ahora se llama Counter Records), escuchar su música es entrar en ese debate sobre si estamos ante pop o pop y más. Porque el aroma negro, sobre todo la fuerza del gospel y la potencia soul de algunos de sus estribillos le sitúan entre Aretha Franklin (más por la variedad de estilos, desde lo popular a los standards del jazz que abarcaba que por su voz, ojo) y Sam Brown, o entre el pintoresco Terence Trent D’Arby y la generalista (y nada discutible) Adele. Las canciones están pensadas para levantar un mal día, llenas de optimismo casi todas (algunas algo hinchadas), e indiscutiblemente eficaces.

Pero es también una producción compleja, repleta de elementos que crean un tapiz ambicioso pensado para decorar cualquier salón. Arte para las masas, cuyo mecanismo aparece bien disimulado detrás de los involuntarios chasquidos de dedos que se nos escapan mientras Andreya entona sus contagiosos estribillos. Y es esa capacidad para hacernos ignorar la ola de calor, los arrebatos dictatoriales del gobierno, los retrasos del metro o la mierda de cobertura, para hacernos sentir tontamente felices, ese engaño tan bien vestido, lo que cuenta, por encima de las pretensiones que, sospecho, no son demasiado del agrado de la de Londres. Que haya más de The Supremes que de Marvin Gaye o Terry Calhier es la manera más explícita de reconocer que quiere que hagamos gasto, pero felices. Yo no me resistiría, imagina mi cara de bobo mientras escucho That’s Alright With Me.

An Der Beat: Ghetto-Houz Muthafuckers…!! EP (2015)

Lo que más sorprende de An Der Beat es el reguero de nuevos poetas que deja entre los periodistas especializados. Un embrujo que, cual flautista de Hamelin contemporáneo, no ha dejado de hacer efecto en los entresijos de la prensa musical española, cuya locuacidad con el de Palafrugell viene a ser el síntoma del hambre de brillo y novedades que nos atenaza.

Pero el mérito de todo el ruido de odas es esencialmente de David Nicolau: gracia de An Der Beat es la desfachatez con la que reconoce el genio de los demás y la humildad con la que disfraza el suyo de ocurrencia. Pero su corta/pega es el sonido de su voz, potente y caótica, saltando una y otra vez sobre las palancas más clásicas de la electrónica, siempre sucio, rotundo y juguetón.

Por eso no extraña que nos sacuda reinterpretando a Raimon, en el corte con que abre su recién editado e.p. “Ghetto-Houz Muthafuckers”, y que, puestos a jugar con una improbable lectura política, imaginaríamos a  Juan Carlos Monedero desmigando con las manos los fantasmas de la transición y la vejez y devolviéndolos renovados, grises y saltarines. Solo alguien que tiene edad para ser un progre, podía saltarse a la torera cualquier género de pudor y retomar del cajón de nuestra memoria una canción como ya hizo con KC and the Sunshine Band.

Y, posiblemente, mientas no tenga nada que perder, seguirá tomándose la música como el lugar del juego. Sorpresa.

Zero 7. EP3 (2015)

Nunca he tenido claro si los discos de Zero 7 me gustan porque son buenos o porque no se por dónde cogerlos. Si aplicarme la emoción del puro pop o la euforia de los beats, si dejarme llevar por una corriente de infalibles estribillos o perderme en el nudo de las atmósferas. Porque son todo eso. Ahora regresan al asequible y cada vez más frecuente formato de e.p. (curioso que se vuelva tan habitual justo cuando el soporte no es un límite) y esa brevedad parece que sienta bien a su capacidad para emocionar. Sin embargo que haya pocas canciones no se ha traducido en un giro de estas hacia la precisión del pop, más bien al contrario: han elegido una colección de temas con tono de himno, cuya solemnidad sólo se ve matizada por la afilada y emocionante hermosura de todos ellos, encapsulada en unos arreglos de barroquismo frío, muy propio del Trip-Hop.

Sea un paréntesis o un ensayo, a Zero 7 se le siguen notando el talento y el trabajo. Las suyas son canciones con capas y tiempo, que han crecido (y vemos claramente ese proceso en el resultado) ordenadas y desiguales, en una suerte de caos meditado que, al final, es su «toque». Musica inteligente que piensa (o aspira a) en nuestros corazones.

 

Miss Gi y Track Dogs en El Sol. 13 de junio de 2015.

Miss Gi hace una breve demostración de cómo sonaría en acústico su debut, hecha un manojo de nervios y acompañada, en la segunda mitad de su actuación, por su percusionista. Canciones, las suyas, que se entienden como una invitación a imaginar algo más grande, atrevido y salvaje, que enseña e interpreta desde la contención -que empiezo a entender, es su estilo- aunque se adivinen tormentas detrás del ventanuco al que nos estamos asomando. Un viaje desde la comodidad del refugio que se entiende fascinante. La reivindicación de la imaginación para crear nuestros propios mundos a partir de un dibujo perfecto, válido en su ausencia de colores, que ella nos entrega para que compongamos nuestra versión de la historia. Y a pesar de la distancia con que contempla la emoción, ahí la tenemos, delante nuestra.

Track Dogs son una suerte de milagro vivaz, una de esas bandas que preservan prestigio e invisibilidad, y permanecen como el secreto mejor guardado de casi todas partes. Ni ese aroma rancio del ya visto tantas veces ni las salas medio llenas, o medio vacías, hacen mella en sus canciones, irresistibles y diabólicamente perfectas. Su trompetista, la voz intensa de su cantante, la forma tan obvia y potente de apoyar con coros los estribillos, y se convierten en una trituradora de caderas infalible: si la frase “tienes que escucharlos” tuviera padrino, serían ellos.

Valle Eléctrico XV: Darkness Falls, Sherpa y Sorry Kate. Café la Palma (Madrid), 12 de junio de 2015.

Sorry Kate son un cazo de sonidos desordenado e incomprensible que quizá sólo tenga una banda con la que compararse, salvando muchísimo las distancias, y es Al Berkowitz. Las dos formaciones son capaces de crear un discurso coherente a partir de copia/pega más sofisticado, barroco y opaco, generando una suerte de confusión a la vez seductora, y aterradora. Posiblemente como sucede con Al Berkowitz, a Sorry Kate el tiempo (el que pasas tú, oyente, a su merced) le sienta bien y orienta al oído más cerrado a través del hilo conductor de su música, con sus desniveles, sus nudos imposibles y su impensable eclecticismo. Aunque la electrónica pudiera ser el esqueleto de la propuesta, no tienen empacho en atravesar la sabana africana, el Bronx de los primeros años de la década de 1980, o un antro parisino tomado por los rabiosos retoños del jazz, para empezar. La lista para un oyente mejor entrenado podría asustar. Todo ellos se construye sobre la sucesión de instantes, el caos y la contradicción. Emoción, o locura.

A Sherpa se le compara con Twin Shadow y realmente no hay otra manera de entenderlo. El mismo pop enérgico con alma soul y un talento casi mágico para crear melodías que andan entre la épica y la euforia. Adecuado para vender coches o para euforizar un guateque de osos nudistas (como debe ser el pop, colaboracionista y arteramente revolucionario). Sus modos de súper-estrella, el desparpajo con que hace un moonwalk o se retuerce para las chicas, todo ese tinglado tan de famoso, se mueve a su favor y se pega a la simple idea de unas canciones pop hechas para gustar a todos, alejándose de la sensación de vergüenza ajena que suelen despertar los nuevos iconos de la música popular. El suyo es uno de esos casos en que más es mucho más.

Darkness Falls son el punto en que se encuentra ahora Zola Jesus, pero tirando más de la cuerda con que han unido el synthpop y el post-punk, o dicho en bruto, Depeche y The Cure (con una breve parada en Joy Division). Pero, con la gracia para componer grandes melodías que los Depeche tenían a ratos y que era en buena medida una de las señas de identidad de la formación de Robert Smith. Nuestro dúo de danesas es capaz de hacer bailar con esa mezcla de severidad y tensión, y además suenan sofisticadas en el camino. En la pequeñez de ese milagro esconden su peculiaridad. No me queda claro que sea suficiente, o no lo tengo igual de claro conforme va avanzando el concierto y van perdiendo chispa. Ni su carisma es suficiente para mantener la atención de la audiencia viva (como sucedía con su predecesor) ni en directo tienen ese nervio dramático que hay en las canciones cuando las escuchas directamente de sus grabaciones de estudio. O el cansancio estaba pasándome factura…

Pride And Ego Down: Tear Down (2015)

Pride and Ego Down es más una banda de estados de ánimo que de estilos o canciones. Tiene que haber predisposición en el oyente, preferencia por los paisajes tétricos y los pensamientos tristes. Incluso la energía que han ido progresivamente desactivando a lo largo de su carrera lleva a la desesperanza más que a la rabia. El camino que han recorrido, desde el screamo a un híbrido de post-algo ha ido acentuando ese desánimo en el basan toda la experiencia de escucharlos. También esa suerte de frialdad imperfecta de la interpretación de su vocalista, que sin duda es el elemento distintivo de su estilo. Todo ello para transmitir esa idea de dejarse ir, de desinterés hacia todo y falta de sentido de la realidad. Y si parece que su puzle sonoro está sacrificando la coherencia, en realidad está ubicándola en un lugar distinto; si piensas qué motivo puede haber para probar un trago tan poco agradecido, tienes suerte y no te has regodeado en el dolor.