Cora Sayers en Café la Palma (Madrid). 25 de marzo de 2015.

Cora Velasco/Sayers se sitúa en una zona de comfort rasposa, con sonido a alcohol y cigarros, blues y rock desgarrado, baladas potentes, o potenciadas por su estilo vocal, y medios tiempos que igual pueden encajar en la luz cálida del salón, la manta y los gatos o en la aventura de la carretera y la intemperie. Juega en muchas ligas y toca muchas palancas, con muchas primas y cierta pose de indiferencia, y lo mejor es que parece hacerlo con sentido y pericia. Hay un algo de coquetería en ese, digamos, eclecticismo, más que verdaderas ganas de ganarse mucho público para su causa. Una prueba de capacidad de la que se muestra estupenda, y que no le vamos a reprochar porque, qué cojones, lo hace bien.

La parte difícil viene ahora: Hay una voz y unas canciones que necesitan forma y vestidos, destino y medios de transporte. Crear un mundo y un concepto, y que no se desmorone con el primer golpe en la mesa. Su maqueta, que incide en la crudeza y los paisajes polvorientos, parece un comienzo prometedor.

DuMMie: Un jardinero en la Antártida (2014)

Hubo un tiempo que… Es la forma como pensé en arrancar la primera frase de este texto. Y así ha sido, mal que me pese, reconocer que hubo un tiempo que Ana Belén, o Presuntos Implicados, fabricantes -en realidad, mensajeras- de música popular que aligeraba la densidad de géneros mayores como el soul o el jazz, molaban. Porque se les podía etiquetar de digestivo para padres e hijos y llegar a las masas con el aura de los productos con clase (subrayen la palabra producto).

Y en estas pasan los años, la estrella de aquellos artesanos del bricolaje musical se apagó y la brecha entre lo juvenil y lo adulto se convirtió en un solar cubierto de malas hierbas, viejas glorias e indis con tirón comercial. Ese lugar al que sólo entras para reciclar algún tesoro desechado por otros, o para deshacerte de los tuyos. Un lugar que no tiene color propio ni nada que ofrecer, a simple vista, y donde algunos han intentado florecer, con desigual fortuna: desde los intentos de Ángela Suárez o Sweet Wasabi, que sobreviven más por testarudez que otra cosa, o fulgurantes fenómenos como No Reply o Hyperpotamus, que lograron un éxito underground, con altavoces Mainstream. De aquellos sale en parte DuMMie, una formación que quiere destacar entre las flores del viejo solar del pop con cerebro, y tal vez, con mucha suerte, habitarlo.

Melancolía risueña y con rabia, suenan con una fluidez que no debiera sorprender, puesto que es requerimiento de esa idea tan rara que es “funcionar”. Jazz llevadero, pop jazzie, llámelo X, pero sus toques y sus estribillos se cuelan en el recuerdo e infectan el día de sorna y picazones. Con su mundo de rebeldía, de nocturnidad y encuentros casuales, de inseguridad y equilibrios en la cuerda del fin de mes, intentan que el puente entre los carrozas y los molones vuelva a funcionar y confluyan en las radios de hits que ya no existen. Quizás por eso han iniciado una serie de colaboraciones, al margen de este disco, que arrancan con una versión de Quique González, cantada con el mismo, adalid de los nuevos modos, indiscutible no porque lo diga el locutor estrella de los 40, sino porque así lo afirman sus muchos seguidores. Flores viejas en una tierra nueva.

Todo vale, si se hace con categoría. Al final son las sonrisas y los sonsonetes que repetimos porque tontamente los hemos memorizado lo que cuenta. Y de eso DuMMie parecen saber mucho. Y por eso hay que escucharlo y recuperar ese lugar donde las insignias de cada tribu se quedaban en el ropero, como un cementerio de disfraces, y todos bailábamos aquello de La Puerta de Alcalá.

DuMMie presentan ‘Un jardinero en la Antártida’ el 8 de abril en la sala Galileo de Madrid.

The Thing, Thurston Moore: Live (2014)

Deslumbrante, exuberante, desordenado, previsible en su excentricidad. Juntar a Thurston Moore y The Thing ha sido justo lo contrario de la colaboración entre la formación sueca de free-jazz y Neneh Cherry, en la medida que se trataba de adivinar quién ayudaba a quién a cruzar el río. Ahora se han quitado todos la ropa y se han lanzado a nadar, regocijándose en las conexiones y dándose un chapuzón de ruido acompasado casi orgiástico. Moore-Sonic-Youth sencillamente ha sacado todo su gusto por la distorsión y el noise y ha incorporado la guitarra al sonido de The Thing.

El disco son dos piezas, una de casi 15 minutos de duración, otra que llega a los 20, y que redundan en esa sensación de caos e improvisación con la estructura típica del jazz, puesta en común, creación de un motivo y liberaciones por turnos de cada uno de los instrumentistas, más la retorica salvaje y abrumadora por la que se conoce a la banda escandinava. Thurston Moore aporta el goce evidente de poder liberar un poco de adrenalina y compartir su gusto por la experimentación con músicos afines, y se atreve con el género de géneros, el jazz, en una de sus vertientes marcianas.

(esto que sigue es una grabación en directo de una actuación conjunta de los suecos y el norte-americano)

Cruda Prosa en Café la Palma (Madrid). 15 marzo 2015.

Cruda Prosa son un tren a toda velocidad, acelerando en dirección al muro de su ambición y sus hago-lo-que-puedo, intentando hacer rap con poesía, poesía y rap, barrio con ideas, existencialismo con bases y público. Fuerzan a los oyentes a entender que lo que hacen es un atisbo de lo que quisieran hacer, y ponen la credibilidad de su proyecto a balancearse en la cuerda del abismo sin red porque no había presupuesto, un gesto que denota o valentía, o la inconsciencia más absoluta. Pero tienen luces, spoken world al calor de una guitarra, un poeta posiblemente grandioso al que no se le entiende una sílaba, y una poetisa dulce a la que se le entiende todo, textos sinceros y complejos, viscerales e inteligentes, una camiseta de la Velvet en un concierto de rap. Destellos que apenas traspasan toda esa construcción ingenua y provisional que, si se toma en serio, es por un esfuerzo de voluntad ciego, que ignora el inminente desmoronamiento de todo el tinglado. Seguiré empeñado en verles un genio que posiblemente no se creen, o no entienden, o no les importa.

Death Grips: Fashion Week (instrumental) – 2015

El disco sorpresa de Death Grips, una colección de instrumentales, es una orgía perfecta de bajos y atmósferas apocalípticas con bastantes concesiones al metal y alguna al funk e incluso al pop (vayan al track  12, Runway H, y juren que no les traslada al Black and White de Jacko) y que se escucha del tirón, con una permanente sensación de euforia y de escepticismo hacia todo lo que haya alrededor. Sin duda es la banda sonora de los ataques de nervios y de esa guerra velada en la que estamos inmersos. Un recital de rabia que sabe bajar el tono para no perder intensidad, y que tiene una capacidad realmente mágica para manipular el estado de ánimo del oyente. Y, uno de esos discos que merecen sacarse a la calle, armado de auriculares, para contemplar el joven siglo de los hipócritas y los locos con unas lentes perversas.

 

Late Night Tales: Jon Hopkins

Como un homenaje a la dirección que han tomado Goldfrapp, el Late Night Tales de Jon Hopkins es el paseo perfecto por el chillout, música para escuchar sentado, incluso en horizontal, que llegado el caso se deja de hacer al arrullo de los pasajes ambientales y las emociones vaporosas. La selección que ha preparado para la nueva entrega de los recopilatorios de autor se centra en la contemplación, casi en el despiste y en la escucha indiferente; música de ascensor para escuchar recostado, apenas invasiva, y desde luego incapaz de convertirse, sin una mínima intención, en un viaje sonoro. Como si Hopkins prefiriese que escuchar, o no, sea más una elección que una necesidad y que descubrir su raro criterio se convierta en el premio a la curiosidad. Mística dejada, beats discretos, oyentes que van y vienen, el pulso de cualquier ciudad anónimo, cálido y cruel. O algo así.

Vaho en Café la Palma (Madrid). 1 de marzo de 2015.

No se trata de lo que está de moda o no, de mezclar A y B y llenar una sala, porque hacer música y darle promoción nunca ha funcionado así, y cuando Vaho se pusieron a hacer canciones Pop-Rock con sonido de autora adolescente americana e integraron un rapero (si, a lo Facto Delafé) en el concepto debieron notar que habían logrado algo, que nacía de las voces con que contaban y que, posiblemente, les llevó a sonar como suenan. La mezcla de euforia y melancolía era una consecuencia de ese carácter adolescente que (ya saben, inseguridad, romanticismo blanco o negro, rebeldía, obstinación) los define y que ha traído hasta Café la Palma a una buena cantidad de chicas y chicos tan jóvenes como son ellos.

Y parecen lo suficientemente sinceros, y auténticos, para creerse su experimento y para que nosotros nos reservemos cierta confianza en una evolución musical futura que podría hasta salir de lo previsible y dar alguna gran sorpresa. Son capaces de hacer buenas canciones, que es la mitad de todo. Y la tensión entre el carisma sobrado del rapero, la sencillez modosa de la vocalista y la presencia sólida de la banda es equilibrada pero no aburrida, e igual puede moverlos en cualquier dirección que desmembrarlos.

Y sí, me gustan porque me recuerdan a esto: