Suuns: Hold/Still (2015)

Suuns son capaces de sacudir y poseer, imponer el vértigo y las ganas de más. El ritmo, el juego artie a la Bowie, la perversidad, la dosificación despiadada, todo se junta para que sus canciones oscuras suenen degeneradas y breves (demasiado), y su disco despierte el lado áspero, cínico, fatalista. Una virtud deliciosamente canadiense, por cierto. Esa incomodidad la recuerdo de los discos de Blonde Redhead sin que realmente haya más argumentos para relacionar a dos bandas por otro lado tan distintas: idéntica manera de revolver las canciones para hacerlas resbaladiza, inhóspitas y fascinantes.

Fall es un blues distorsionado, o la psicodelia pasada al túnel del terror. Un arranque guitarrero que se transforma en post-todo. Instrument: rítmica, oscura, y es posible que el mayor logro del disco, aunque sea como perfecta y orgullosa tarjeta de identificación, es una incursión en algo así como el dance floor, sin ánimos. UN-NO se reitera en la distorsión y el riesgo, convirtiéndose en una especie de reflejo incómodo de su predecesora y quién sabe, si en carne de directo (convertida en un laberinto irritante de 15 minutos, por ejemplo). Resistance (el himno) la dejamos para después, aunque por decir algo ahora, no me resisto a imaginar qué haría de ella Lonelady. Mortise and Tenon retorna a esa letanía de bajos y efectos que era puro baile suicida en Instrument y que es una especie de versión susurrante del groove, varada entre la sorna y la melancolía. Translate parece la más impresionista de todas, preñada de imágenes en loop, de ciudades y masas, y luces y tráfico y amaneceres ocultos detrás de una cortina de calor y humo. Careful es otra irrupción en la psicodelia, con toques de canción de autor art setentera, y un pequeño remanso de quietud (la que puedan proporcionar Suuns). Y, paradójicamente, es la que suena más actual de todas, repleta de bajos, cadencias prestadas del Dubstep y una estructura de rupturas perfecta: una suerte de motivo doble, contradictorio, encerrado en una pareja de esferas de nieve que agitan y, por arte de magia, se convierten en una, en… otro lugar, deviniendo en una segunda parte que podría ser el musical del siglo. Paralizer se mueve entre esas dos caras del disco, la electrónica y la Post-Dark, coqueteando con la euforia y el desasosiego (y candidata a mamotreto de 15 minutos para el escenario). Nobody Can Save me Now podría ser el capricho de citar a Iggy Pop y llevárselo a la otra cara de la luna. Infinity, para terminar, con ese cierre tan brusco, juega con la hermosura y la desolación, y deja una sensación de vértigo, de vacío, que esboza de la forma más simple y cruel la ansiedad, la depresión y la indignidad de esta época.

Claro que puede ser un disco enervante, que no va a ser amigo de los días envenenados (o sí, pobre de quien se cruce en tu camino). Es fácil transformarse en un adolescente nihilista y enfurruñado, bailar como si los otros fueran invisibles y como si el mundo fuera a terminar al amanecer.  La monotonía perseverante, ensañada de un tema como Careful demuestra lo cercanos que pueden estar de destrozar, de amor, los principios del house y el techno desde el tren que venía de frente. La rabia acumulada en Resistance, por otro lado, marca el otro extremo por el que zizaguea este disco, entre el groove y los hoyos insalvables, las trampas y las euforias. Pasen, descubran, caramba.

[VIDEO] Alice Wonder, Café la Palma

Una canción tocada en acústico y una versión de Amy Winehouse. Alice Wonder, pisando fuerte.

Marem Ladson y Laura Gibson en Teatro del Arte, 14 de septiembre de 2016

Marem Ladson, que parece flotar en una ensenada de paz, da la impresión de estar escondiendo lo peor al fondo de la emoción sorda que zumba en alguna de sus canciones (azuzada por el bajo/bajista). Y esa contención es, posiblemente, el gesto de apartar la mirada por pudor o por simple pánico. Músicas para darle bálsamo y gasolina a las tardes torcidas, para balancearse despreocupados al borde del precipicio que, se supone, ya no debe estar ahí. Si entienden la frialdad bullente de Suzanne Vega, Marem es lo que necesitan.

Aparte de la virtud sanadora de la voz de Laura Gibson, es la sencillez de alguien que debe tener 25 palabras para contar en castellano un disco como Empire Builder, esta músico de Oregon nos reservaba unas cuantas grandes sorpresas: primero, se lanza a hacer solos de guitarra en sordina, con arrebatos Noise que casi rompen en Psicodelia; segundo, se atreve a arañarle la desazón a un violín que desborda en melancolía (porque no hemos venido a llorar, hoy no); tercera, su voz puede convertirse en un instrumento más, sonar tan desprendida de las frases que ese tono tan peculiar suyo se convierte en un personaje completamente diferente del que esperábamos (y que me hizo viajar al desconcertante directo de la noruega Sidsel Endresen). Y, todo ello, sin romper el embrujo, sin fastidiar la paz o joder el zen de la noche.  La de hoy, será la noche de los hilos de Laura, y de los regalos que esperaban al otro extremo, porque nos atrevíamos a tirar de ellos con entusiasmo.

Alice Wonder, inesperadamente en Café la Palma. 13 de septiembre de 2016, amenaza de lluvia

No es sorpresa que aparezcan por ahí Denai Moore o Tracy Chapman. Que los préstamos brillen en la voz de una chica que tiene el fuego de Joss Stone pero que prefiere mantener la batalla en un susurrante encierro (o en una sorprendente socarronería). Hoy, todavía, esos maestros/víctimas/guías están en casa, y posiblemente tarden un trecho en partir y dejar a Ms. Wonder a merced de su talento, que lo tiene y lo cuida, que se lo cree y se mofa de ello. Mientras tanto, seguirá cantando, arrogante, triste, poderosa. Nos das envidia y nos pones bálsamo sobre las picaduras, Alice. Aparte de eso, atención: sabe reírse y se conoce las reglas del cabaret, sabe terminar con el enésimo gilipoyas, con un brillo en la mirada que no, no son lágrimas: es vendetta. Cuidado con las canciones y sus trucos. Ella ya se conoce unos cuantos. Y ya.

Laser: Night Driver (2016)

Melancolía bailable, con toques de disco y soul y un alma electro impostada, que podría recordar igual a Kavinsky/Drive o a Roxy Music. Elegancia despreocupada, un toque de electro etéreo, algo de ensueño y dudaremos si estamos bailando, dormitando o posando (quién sabe, si conteniendo las lágrimas). El esqueleto rock, muy evidente, remite a los años en que el pop y el electro se desperezaban juntos y no habían aprendido a caminar separados, la sensación que transmiten es mixta, buena; una mezcla de esencias para el sofá y la pista, el aperitivo y el final de la fiesta, que sabe sacarle partido a su indefinición. Posiblemente la mejor manera de seducir a esos amigos de la vieja escuela, que prefieren las cosas como se hacían hace… da igual.

Martirio en Los Veranos de la Villa. 30 de agosto de 2016, Auditorio Pilar García Peña en Madrid.

Martirio fue capaz de demostrar que era posible contemplar la historia de la copla con los ojos de la modernidad, y de hacer que vibrase igual que los chavales coloridos de los años 80. Mezclando descaro, arrogancia y un punto de misterio, se convirtió en uno de los iconos de esa época de rojo y amarillo, maquillajes excesivos y reivindicación de lo cañí con actitud de siglo XX: ella, tal vez Matador y Almodóvar, quizás Victorio & Lucchino, sean algunos de los bloques de mármol de ese casi olvidado museo.

Pero lo relevante esta noche, y mucho, es la profundidad que ha alcanzado su voz: profundidad en la medida que es capaz de lograr algo que ella atribuye a Chavela Vargas: que toquemos el sentimiento y lo convirtamos en propio. Tanto es así que es bastante fácil decir que se encuentra en su mejor momento, cuando tiene las dos cosas, facultades plenas y una capacidad para emocionar, desde el desenfado -que es y ha sido siempre su divisa, y que ahora suena en directo muchísimo más creíble que hace años-: las canciones ronronean bajo su toque, como bromas que se clavan sin compasión, y los boleros, las rancheras, las coplas que va haciendo, las suyas y las de otras, suenan a primera vez, a novedad, a pequeño circo, a grandeza.

Que esté reivindicando su carrera (30 años ya) es pertinente a estas alturas. Martirio se ha quedado fija en nuestra memoria de lo que mola, y cuando entona el Estoy Mala con una banda de jazz, levanta el entusiasmo de los críos la mañana de Reyes, y nos hace brillar a todos con una mirada más joven. Aunque ninguno lo seamos ya.

[VIDEO] Kiko Veneno: Lo que me importa eres tú en los Veranos de la Villa 2016

Una canción del concierto de Kiko Veneno en Hortaleza (Madrid), durante los Veranos de la Villa de 2016. Como siempre, dejando claro por qué no nos olvidamos de su nombre.