[VIDEO] Crepus en Café la Palma

La ruta del Bakalao, en un vídeo.

Joe Crepúsculo “Crepus” en Café la Palma (Madrid), 20 de julio de 2016

Tenga o no la categoría chusca de un artista de variedades, está claro que Joe Crepúsculo es irrepetible, o que dos no serían posibles en este universo. Esa parodia poligonera con la que ha conseguido seducir a un público más o menos chusco, más o menos sabio, se ha convertido en enseña, aparte de unas canciones que,  por buenas, son himnos que se visten al gusto de quien las tome, y operan en el terreno de las excepciones igual que lo hacía el A Quién le Importa.

Crepus consiguió en Café la Palma, con una parsimonia de quien conoce y entiende el bisnes, manejar un rebaño de malasañers con el síndrome del cubata al aire igual que un plácido obispo de visita por los dominios. El cargamento de canciones descreídas, con mucho de rock urbano en español, pero también de romanticismo atormentado y de nihilismo místico, congenia maravillosamente con el alma pastoril del la gleba madrileña, algo que ha demostrado -además- en todas las aceras. Será motivo de estudio cómo alguien que sedujo a la cúpula de Podemos, puede conseguir que despierte una fiesta para personajes que no desmerecerían la enésima, satisfecha, celebración de la calle Génova.

Joe Crepusculo 20jul2016 (5 de 17)

Berlina: Desértico (2016)

Quizás Desértico es un disco demasiado complejo para entenderlo en un pestañeo sencillo, o tal vez he intentado que me afectara tantas veces que conseguí romperlo. Tal vez sea la voz de varios interlocutores, que no reconoces y que te resultan familiares, monstruosos como la Hydra. O tal vez ya era hora de empezar a escribir algo. Pero el álbum más ambicioso de los madrileños Berlina ha estado esperando su turno, desplegándose mágicamente cada vez que lo rozaba, y enseñándome un castillo distinto, siempre grande, siempre lanzando resplandores, pero contándome demasiadas cosas que no era capaz de modular, y que ahora se han amontonado en un eco de ideas sin demasiada gracia que debieran producir la reseña definitiva. Esa que no tengo.

Posiblemente el papel de Manuel Cabezalí fuera darle algo de dirección a las ideas que estaban bullendo en el seno de una banda que parece haber encontrado finalmente algo concreto que decir a través de un sonido. Y frustrar la belleza del inmenso fracaso que hubiera dejado semejante calavera bajo el yugo de la anarquía de su tripulación. Desértico está ardiendo en sus 11 temas, desprendiendo la radiación de la creatividad de los componentes del cuarteto avulense/madrileño, restallando mientras consume el esqueleto de shoegaze que se pensó únicamente para darle fuego. Los largos arcos argumentales que son cada corte, el arco mayor que es el conjunto, los giros, la retórica, las atmósferas y las metáforas son excusas para que cuatro tipos puedan arder sin quemarse. Y puedan ser un caos que seamos capaces de ver como forma, de acercarnos y tocarlo sin miedo.

En cualquier caso, Desértico, que no es un disco pop, se sitúa en ese término medio nada razonable que hay entre lo experimental y ese compendio de seres sin criterio al que tenemos que seducir con sonajeros llamado público. Y en la convicción que no es obligatorio ser estúpido para querer escuchar buena música. Que la potencia, una base rítmica, unos bajos cañeros marcan el camino y llevan a quien queramos donde queramos. Que el rock tiene sus reglas y su energía.

Lo más impacientes debieran escuchar canciones como la soñadora Tu Voz Sumergida o la grandiosa #2 de dragones, que al menos para el que escribe, funcionan sin problemas como vías de acceso a un disco que puede ser complicado (al menos me lo ha parecido en unas cuantas ocasiones) pero que esconde una fuerza monumental, arquitectónica, dramática muy difícil de describir; que está ahí y que es el motivo invisible que hace de este el mejor trabajo de Berlina. Las guitarras, desde el planeta de los sueños sísmicos.

[VIDEO] La Bien Querida en el Conde-Duque

Pensaba que no había material para un vídeo, pero a veces termino sorprendiéndome.

La Bien Querida. Auditorio del Conde-Duque (Madrid). 15 de julio de 2016.

Hablar de La Bien Querida sin haber escuchado un solo segundo de su concierto puede parecer raro, si no fuera por desahogo o por penitencia. En mi caso viene a ser lo contrario, en la medida que siempre he vivido la misma secuencia, rechazo > compra > amor, con sus discos, y sobre todo esa sensación de no estar siendo totalmente justo, algo que posiblemente tenga que ver con esa relación envenenada que los españoles de izquierdas (salvo los juancarlistas esos) tenemos con nuestra historia y que, en el caso de la Chanson en Francia, o el Fado en Portugal -esto último no lo tengo tan claro pero bueno-, sencillamente no se da.

Resumiendo, La Bien Querida es la continuación más obvia (quizás, a día de hoy la más brillante) de las cantantes melódicas de los 60 y los 70: Cecilia, Mari Trini e incluso Jeanette o Massiel, pasadas por el filtro de una solista (o solitaria) indie del presente, sumando las virtudes de aquéllas: melodías personales, letras que mezclaban el sentimentalismo con cierta conexión con el presente, sin llegar en ningún momento a lo político (por algo no he mencionado a Ana Belén), y los sonidos electrónicos del pop contemporáneo, los esquemas de producción de salón de casa que predominan hoy, el ingenio inmediato y también, cargado con el peor lastre del indie español: la ausencia de talento vocal.

Su directo puede ser una sacudida emocional si te encuentra con el ánimo adecuado. A veces sus textos rezuman puerilidad y a veces perversidad (vaya, no he puesto a Alex & Christina como nexo entre las dos generaciones, ¿verdad?), y así, entre la simpatía y el sonrojo, va atravesando con parsimonia y detallismo crueles el páramo emocional del que nadie sale viva, flotando en una puesta en escena marciana que transforma las facciones de Ana Fernández-Villaverde, reinventándola mientras ella puede ser casi un maniquí cantante, y creando una sensación de profundidad, de incomodidad, de movimiento que se convierte en el subtexto de todo el concierto. Incluso reemplazando un sonido reververante, opaco y algo tosco que no parece el mejor para un formato de banda electrónica que, por otro lado, pide una sala de conciertos al uso, donde bailar, beber y hacer lío, pasándonos los kleenex empapados como si fueran frasquitos de popper. Cada día me gustan menos las salas-auditorio públicas, parecen esqueletos de ballenas diseñados para aburrir, y al menos, hoy me gusta un poco más La Bien Querida.

Róisín Murphy: Take Her Up To Monto (2016)

Lo menos interesante del ultimo disco de Róisín Murphy es como empieza. Quizás porque quiere ser una pieza brillante, pero sin brillo, que enganche a los que la recuerdan zapateando sobre una pista de baile, quizás porque su retorno al disco espacial no termina de ser tan chispeante como cabe esperar de alguien como ella, o porque, mas fácil, no me dan ganas de bailarla. Una cuestión de gustos, nada más, y ya saben como funciona esa cosa.

Pero suena Pretty Gardens y la ropa se da la vuelta. Anticuada, audaz, nos hace redescubrir la voz de la Murphy en todo su esplendor, tan sensual y distante como ella sabe. ¿Quién iba a traer el cabaret al siglo XXI, con permiso de Alison Goldfrapp? Ya saben.

Y sigue Thoughs Wasted, melancólica, irresistible. Pasando de lo arrastrado a lo melodramático con esas transiciones incómodas de las que nos ha hecho pequeños adictos. Y otra gema en la colección. Consciente de su perfección precisamente por su brevedad, nos sorprende con otro cambio de tono, sin sacarnos del marasmo sentimental, pero manteniendo cierta distancia. Spoken Word para cerrar un tema que parece querer convertirse en dos.

Lip Service es algo así como pisar el acelerador y atacar sin complejos el mundo de la música para ascensores, ligera o como quiera llamársele, preservando la simplicidad de una cancioncilla pop que no debe convertirse en un seto carnívoro y pretencioso.

Ten Miles High empieza floja, estalla bien, y se desarrolla interesante (hasta podría recordar a alguno de los momentos de Gus Gus), aunque no es una canción que vaya a merecer la pena recordar de este disco (horas después, consigo el single con las remezclas… soy todo un visionario de los errores).

Y como parece que se trata de llevarnos de un lado a otro, Whatever parece una parada, de puntillas o con mala intención, en el musical: artificiosa, encantadora, con un arreglo perfecto que se rompe en el siguiente tema, Romantic Comedy, otra de esas canciones que Róisín Murphy sella y rubrica como suya (a la Ruby Blue), igual de descarada y sofisticada.

Quien haya llegado a este punto, va a encontrar maravillosa la hipnótica Nervous Sleep. Y un regalo para los oídos Sitting and Counting, casi (o literalmente) un beso de buenas noches.

[VIDEO] Arianna Puello en Café la Palma

Y así lanza balas viejas la dominicana. Balas creadas en Girona.