Felix Kubin en La Casa Encendida (Madrid). 30 de agosto de 2015.

Felix Kubin mete las manos en el pastiche pop y las saca sucias de clichés y vacías de pelotazos. Con un material tan fascinante, o tan discutible, construye un repertorio que se mueve, se burla, se luce y muere dejando el gusto metálico de lo contemporáneo. Cuando el pop se pone experimental, o lo experimental coquetea (de esa manera cruel que tanto disfrutamos) con el pop, ahí aparecen personajes como Kubin, mezcla de carroñeros y sabios, creando menús familiares para paladares retorcidos. Y debo reconocerlo: me gusta, y me divierte. Su pose de iluminado bien ensayado, de icono para las masas a ras de suelo, la honradez con que ha enseñado los genios de su infancia, la falta de petulancia que hay en su enrevesado castillo de naipes, incluso la franqueza de sus aires de estrella, más sus fans, entregados a  la peculiaridad como si no hubieran 40 principales, todo se suma para hacer un domingo de tormenta y que parezca la visita a los restos en ámbar expuestos en algún sesudo museo de la Factory. Y para que un air piano y el vacío tengan sentido.

Eden: End Credits (2015)

En ocasiones una canción consigue que sientas esa presión la garganta de algo que te atenaza y no, no es el cuello de la camiseta. End Credits es el e.p. del músico, productor y cantante Jonathon NG, Eden, procedente de Dublín, que ha pertrechado una pequeña colección de hits potenciales, intensos, para las pistas y los salones, aprovechando los recursos emocionales de la electrónica de bajos, del R&B y las voces (la suya y la de Leah Kelly), al natural y distorsionadas, excusas todo ello para crear música que igual se mete de lleno en las intenciones del pop para gustos teen que se atreve a sonar  vanguardista, disonante, extraño o tremendamente obvio.

Pero es un trabajo emocionante hasta casi lo extático, que cierra en falso con un paréntesis de folk intimista (que de repente me recuerda a Ben Howard) anuncio de más en otras direcciones o de nada más que un instante de color raro.

Telepathe: Destroyer (2015)

No cesa el goteo de joyas con reflejos (o directas y bien buscadas conexiones) del pasado. Telepathe, una banda de la que tenía noticias y que hasta ahora no había llamado mi atención, publica un homenaje en toda regla a la new wave y el synthpop de los 80 dándole la espalda al siglo XXI en un gesto de desdén que podría ser inoportuno pero es un acierto incuestionable y el signo de los tiempos. Han igualado el ruidoso logro que fue City el segundo disco de Client, añadiendo un toque exquisito de sobriedad a la ecuación, sin perder la rabia pop que exhibieron las británicas y poniendo el acento en la oscuridad y la elegancia del pop de manufactura y hit de los ochenta. Y, confirman que no vivimos en un estado de vacío y reproducción hueca, sino en un esperanzador reinicio con posibilidades.

O eso oigo en mi cabeza, mientras escucho Drown Around Me

Dekatron 3 en La Casa Encendida (Madrid). 16 agosto 2015.

Dekatron 3 parece que viene con la intención de crear un espectáculo sonoro a partir de diferentes cuadros que pasan de lo cotidiano (sonido de humidificador incluido) al futurismo que piensa en la recreación de la serie negra que es Blade Runner. Se mueven entre la ensoñación y la monotonía, con una fijación que me imagino malsana en la ciencia-ficción y la serie B que casi viene a definirlos, tanto como una sequedad que los extravía por bucles extraños, aburridos, provocadores y melancólicos. Entre la irrealidad, y la incredulidad, la parálisis y la pulsión del baile.

Kristine (2015)

Kristine ya lleva un tiempo haciendo ruido con alguno de los temas que pueden escucharse en su disco debut, dentro de ese movimiento de retro-electro con aromas de los años ochenta que ha logrado cierto nivel de atención y, sobre todo, influencia en el sonido que se percibe como “de moda”. Posiblemente esta ateniense haya dado el paso definitivo en la dirección del pop de consumo que se manufacturaba en la época que se idolatra en los discos de alguno de los nombres más reconocidos dentro de estos músicos, como Mitch Murder (que le ha remezclado), Miami Nights 1984, Futurecop! o College. Pero mientras que todos ellos se aproximan al swing de esos años dorados con las herramientas y los sonidos -y las limitaciones para acceder al público realmente masivo- de un dj o un compositor de bandas sonoras, Kristine directamente ha decidido crear un disco de canciones pop que encaje en esa melancolía adolescente de crepúsculo veraniego que es su música (y su visión del sonido que está homenajeando), y sobre todo con vocación de seducir en la primera escucha. El disco se descubre con sorpresa y con placer, puesto que es una mezcla de recreación arqueológica tan viva y tan potente que dan ganas de crearle un parque jurásico para que pueda cazar libremente.

Aparte de todos los parabienes que se puedan escapar, este trabajo y todos los del “colectivo” en el que Kristine se a acoplado son una consecuencia bastante interesante de unos tiempos extraños que intentan reconocer la autenticidad sondeándola en un pasado en el que, suponemos, se daba por supuesta. No voy a enzarzarme en la eterna y supuesta vacuidad de los tiempos modernos porque no termino de ver que sea así; entre otras cosas, porque lo que hacen todos estos músicos es mostrarnos su visión, bastante idealizada, de lo que era el pop, desde el punto de vista de un creador independiente, o de salón (dadas las técnicas de creación que son tan comunes hoy día), y que poco tienen que ver con el desarrollo industrial que es responsable de manufacturar canciones maravillosas, o no tanto, que en muchos casos han marcado nuestras historias personales, pero también de una ingente cantidad de basura que hemos olvidado. Kristine, y todos los demás, nos están devolviendo una época travestida según lo que ellos creen que debió ser, y que está entre Anne Clark, Cyndi Lauper, Sheena Easton, Hall & Oates o Pat Benatar. Y quizás los 30 años que hay entre los dos extremos de estas generaciones de artistas, sean los que al final terminan de dar sentido a algo que igual es más un epílogo o una consecuencia, que una mera imitación de críos acomodados haciendo música con plantillas cargadas en el disco duro.

En cualquier caso, escuchen el disco de Kristine. Entren en sus dolores adolescentes, tan pueriles y punzantes, y en la melancolía de los meses de septiembre y las tardes que por fin se pueden disfrutar con una cazadora decorada de brillos.

Outfit: Slowness (2015)

Slowness es uno de esos trabajos mayores que hay que escuchar, sea cual sea la impresión que deje al terminar. Aunque sea por el perfeccionismo y la visión tan ambiciosa -o panorámica- del pop del que presume esta banda.  Al igual que Coloma, Outfit podrían ser uno de esos nombres tan inmensos que pasan desapercibidos entre las luminarias y los ruidos de la actualidad musical, igual que el fantasma de un hipotético Titanic: dejando  una suerte de estela que va atravesando en silencio las calles y echando a un lado los coches, y que posiblemente ni percibamos ni nos expliquemos.

Sea como sea, el exceso de trabajo, de minuciosidad es cierto que aletarga la pasión. Han sido astutos como para dejar libre de trabas Smart Thing y convertirla en la vía de acceso (o la araña de caza) capaz de imponer sonrisas a su paso. Posiblemente el resto, ese pop que de elaborado pasa a lo genérico o a lo intachable, en la línea de Eurythmics, pueda parecer soso la primera vez. Pero hay que escucharlos, puesto que la otra cara de la moneda es que hayan logrado que los estilos bailen al son de sus intenciones, y crear un disco que parece inmóvil pero que está palpitando de ideas y música.

Slowness sonará anticuado y atemporal, y puede recordar, bastante y por poco probable que parezca, a los pasajes melancólicos y cursis de Golpes Bajos. Elegante, melómano e intachable.

 

Dasha Rush en La Casa Encendida (Madrid). 2 de agosto de 2015.

Etérea, metálica y rodeada de árboles frutales, así está siendo Dasha Rush en el set que ha preparado para La Casa Encendida. Reproduce a su manera la repetitividad obsesiva del techno, pero la coloca en las cercanías de lo ambiental, creando unos sonidos que son para estar, para detenerse y contemplar a través del hueco que abre hacia paisajes distintos; una suerte de apocalipsis optimista y primaveral que tiene un tanto de ensoñación y otra parte, más o menos importante, de desolación. El sonido, el lugar, la hora, la lenta progresión desde la nada hasta unos bajos ahogados, todo se suma para dejarnos absortos en una irrealidad que tal vez no sea más que el reflejo, en las cristaleras de la terraza donde estamos, de la luz del atardecer, y el eco de los ecos de Dasha. Quién sabe lo que podría conjurar un poco más tarde, un poco más oscuro, y si su breve regalo de unos beats minimalistas y coquetos no sería más bien uno envenenado.

“Between your hands enjoy or sadness”