Jon Pierrot y Musselman en Café la Palma (Madrid) el 23 de julio de 2015

Musselman han venido en una versión acústico-desactivada que viene a dar una idea bastante cabal del folk potente que hacen y de la perfecta ejecución de Manuel Flecha, su cantante. Posiblemente más adecuado para seguidores de Van Morrison, aunque parecen tener tal dimensión que rozarían ese estatus de potencia musical para todo el mundo sin demasiado problema.

Jon Pierrot es su voz y hasta cierto punto es una fuerza de la naturaleza. Una que él mismo parece moderar conscientemente, temeroso de convertirse en un esclavo de su garganta. Y sin embargo es capaz de hacer que nos movamos en el terreno raro de la emoción con lágrima sin sacarnos apenas un instante respirar. Incluso Billie Jean, esa canción que parece que todo el mundo, desde cualquier lugar físico o mental, se atreve a versionar, suena tan suya que es casi imposible de reconocer.

Esta podría ser la crónica de una decepción o de una revelación, dependiendo cómo tomarse la moderación de Jon. Pero es algo que mañana estará resuelto u olvidado, como el amargor de ciertos momentos. Posiblemente, como el buen veneno, la música de este bilbaíno requiere del momento adecuado para hacer efecto. Y pobre del que le toque, no va a dejar mucho detrás.

Before the Blue: Still there, still there… gone (2015)

Before The Blue es Óscar Salinas, el vocalista de Git, quien ha facturado un disco personal, reflejo de sus fijaciones musicales, que van del folk americano a la voz de Brett Anderson, que reconstruye con una mezcla de obsesión y maestría entre aterradora, y deslumbrante. Producido con minuciosidad, cada canción es una trama de sonidos tupida, pensada para impresionar, para mecer y retener al oyente en una permanente llamada a la emoción. Un disco-niño que porfía por la atención de los padres/oyentes hasta el extremo de volverse pesado, excesivamente consentido y abrumador. No es ese disco que se quiere escuchar a todas horas, sin duda: Necesita calma y tiempo, de lo contrario sería fácil -y una lástima- aborrecerlo. Si bien se encuentran momentos de juego, sutiles, pero eficaces, como Wan, uno de los temas del final del disco, que se adentra en una especie de fango oscuro construido con cuerdas y que apunta a los mejores momentos de los últimos The Cure, cuando habían digerido aquella bola de genio que era Disintegration y parieron Bloodflowers. El resumen es que es un disco que merece el apoyo para hacerse, y que merecen la pena el por qué no, el arrepentimiento y los momentos de barroca dulzura: la criatura mira con unos ojos demasiado expresivos…

MenEnd en Café la Palma (Madrid) el 16 de julio de 2015

Todo parece estar en pañales en el proyecto musica de MenEnd. Hasta el punto que es difícil saber en qué podría derivar su confusión. Ahora mismo carga con todos los tics del pop electrónico de aromas negros (y sonidos pregrabados que activas pulsando un botón) que se supone triunfa en cualquier lista de más escuchados; para bien y para mal. Bajos saturados, efectismo por encima de los efectos, excesos vocales y la confusión, o el eclecticismo, o la inocencia que lleva a probarlo absolutamente todo, a ver qué tal: Hijo de su tiempo, con sus virtudes y sus defectos (juzgado por alquien que por edad bien pudiera estar fuera de lugar), siguiendo el ritmo de los días pero -todavía- sin haber aprendido a hacer bailar la realidad a su capricho. Pero tiene una voz dulce, interesante y algunas canciones que pueden llamar la atención. Es un personaje que no ha empezado a gestarse, andando en los escenarios de dentro de algunos años, y que podría ser The Weeknd o Enrique Iglesias.

Miss Gi. I (2015)

Giselle Lau podría haber hecho un disco grandioso, quizás genial, quizás hinchado y pretencioso, con el que poder dar fe de un talento que seguramente no hemos terminado de conocer. Pero ha elegido permanecer en un tono de intimismo discreto, más sutil que susurrante. Ha evitado cualquier exageración y ha creado una colección de canciones en las que la emoción se agazapa detrás de la simplicidad y la necesidad de explicar desde dentro se adivina prioritaria y, sobre todo, innegociable. Pero a pesar de esa distancia que parece querer establecer entre el oyente y las canciones, casi todas ellas terminan rozando nuestra piel y provocando un escalofrío, una descarga de emoción ligera, positiva y agradable que aboca a regresar, buscando el fondo pasional que es más empeño de admirador. Por que Miss Gi cuenta desde la serenidad olas que ya pasaron.

I ya está terminado, y los mecenas que colaboraron en la campaña de crowdfunding serán los primeros en recibir una copia digital y física del disco. Les corresponde ese privilegio. Después, saldrá a la venta para todos los demás. Impacientes, engánchese a las redes sociales: Twitter y Facebook, donde Giselle irá contando novedades.

 

Lázaro y Rusos Blancos. Café la Palma. 2 de julio de 2015.

La progresión de Lázaro sigue, sin apenas ninguna pausa, y cada concierto que dan (de los que yo no me pierdo) su sonido mejora. Parece, y así lo anuncia Nieves, cuyo apellido es el nombre de la banda, están convirtiéndose en un equipo de cara a crear canciones y, sospecho, a apuntalar el sonido que escuchamos. A veces se intuye aquella energía vándala de J.F. Sebastian, la banda de la que Nieves  formó parte, pero también las intenciones hacia el pop, y hacia ese maremágnum de sonidos oscuros de los que The Cure han sido tan buenos representantes, o beneficiarios. Y mientras ellos renquean, entre el optimismo, la perversidad y lo naive, me regocijo imaginando su evolución / eclosión como lo que sea que vayan a ser.

 

Rusos Blancos están tocando a remolque de la fuerza de sus canciones, y si no fuera por eso, la desgana con que se mueven mataría un directo que debiera ser hiriente y divertido. En cualquier caso, que sean capaces de evocar a una vieja gloria rumiando su decadencia en cualquier casino con su apatía da una idea de lo buenos que son, o de lo mucho y ciegamente que nos gustan, a pesar de todo. Y así habrá que tomárselo.

 

Andreya Triana: Giants (2015)

No se dónde anda la línea que separa el pop con pretensiones del pop tal cual, ese que busca el mayor número posible de adhesiones. Porque son la misma cosa, salvo quizás el peso de las influencias, la importancia del ego de un autor, o un artista, o un tipo/tipa que quiere ser reconocido como tal, aparte de contar feliz los beneficios de las ventas del último hit, claro. De Bowie y su cara, un icono garantizando éxito a los números 1 manufacturados de la Motown, que lucen a pesar de todo repletos de sabiduría y mitomanías, pero también de humildad, y de pragmatismo.

Toda esta cosa retorcida viene a propósito de ‘Giants‘, el segundo disco de la londinense Andreya Triana, digamos que una protegida de Bonobo y colaboradora de Flying Lotus, Fink o Mr. Scruff. Fichaje en su momento de Ninja Tune (su sello ahora se llama Counter Records), escuchar su música es entrar en ese debate sobre si estamos ante pop o pop y más. Porque el aroma negro, sobre todo la fuerza del gospel y la potencia soul de algunos de sus estribillos le sitúan entre Aretha Franklin (más por la variedad de estilos, desde lo popular a los standards del jazz que abarcaba que por su voz, ojo) y Sam Brown, o entre el pintoresco Terence Trent D’Arby y la generalista (y nada discutible) Adele. Las canciones están pensadas para levantar un mal día, llenas de optimismo casi todas (algunas algo hinchadas), e indiscutiblemente eficaces.

Pero es también una producción compleja, repleta de elementos que crean un tapiz ambicioso pensado para decorar cualquier salón. Arte para las masas, cuyo mecanismo aparece bien disimulado detrás de los involuntarios chasquidos de dedos que se nos escapan mientras Andreya entona sus contagiosos estribillos. Y es esa capacidad para hacernos ignorar la ola de calor, los arrebatos dictatoriales del gobierno, los retrasos del metro o la mierda de cobertura, para hacernos sentir tontamente felices, ese engaño tan bien vestido, lo que cuenta, por encima de las pretensiones que, sospecho, no son demasiado del agrado de la de Londres. Que haya más de The Supremes que de Marvin Gaye o Terry Calhier es la manera más explícita de reconocer que quiere que hagamos gasto, pero felices. Yo no me resistiría, imagina mi cara de bobo mientras escucho That’s Alright With Me.

An Der Beat: Ghetto-Houz Muthafuckers…!! EP (2015)

Lo que más sorprende de An Der Beat es el reguero de nuevos poetas que deja entre los periodistas especializados. Un embrujo que, cual flautista de Hamelin contemporáneo, no ha dejado de hacer efecto en los entresijos de la prensa musical española, cuya locuacidad con el de Palafrugell viene a ser el síntoma del hambre de brillo y novedades que nos atenaza.

Pero el mérito de todo el ruido de odas es esencialmente de David Nicolau: gracia de An Der Beat es la desfachatez con la que reconoce el genio de los demás y la humildad con la que disfraza el suyo de ocurrencia. Pero su corta/pega es el sonido de su voz, potente y caótica, saltando una y otra vez sobre las palancas más clásicas de la electrónica, siempre sucio, rotundo y juguetón.

Por eso no extraña que nos sacuda reinterpretando a Raimon, en el corte con que abre su recién editado e.p. “Ghetto-Houz Muthafuckers”, y que, puestos a jugar con una improbable lectura política, imaginaríamos a  Juan Carlos Monedero desmigando con las manos los fantasmas de la transición y la vejez y devolviéndolos renovados, grises y saltarines. Solo alguien que tiene edad para ser un progre, podía saltarse a la torera cualquier género de pudor y retomar del cajón de nuestra memoria una canción como ya hizo con KC and the Sunshine Band.

Y, posiblemente, mientas no tenga nada que perder, seguirá tomándose la música como el lugar del juego. Sorpresa.