Late Night Tales: Jon Hopkins

Como un homenaje a la dirección que han tomado Goldfrapp, el Late Night Tales de Jon Hopkins es el paseo perfecto por el chillout, música para escuchar sentado, incluso en horizontal, que llegado el caso se deja de hacer al arrullo de los pasajes ambientales y las emociones vaporosas. La selección que ha preparado para la nueva entrega de los recopilatorios de autor se centra en la contemplación, casi en el despiste y en la escucha indiferente; música de ascensor para escuchar recostado, apenas invasiva, y desde luego incapaz de convertirse, sin una mínima intención, en un viaje sonoro. Como si Hopkins prefiriese que escuchar, o no, sea más una elección que una necesidad y que descubrir su raro criterio se convierta en el premio a la curiosidad. Mística dejada, beats discretos, oyentes que van y vienen, el pulso de cualquier ciudad anónimo, cálido y cruel. O algo así.

Vaho en Café la Palma (Madrid). 1 de marzo de 2015.

No se trata de lo que está de moda o no, de mezclar A y B y llenar una sala, porque hacer música y darle promoción nunca ha funcionado así, y cuando Vaho se pusieron a hacer canciones Pop-Rock con sonido de autora adolescente americana e integraron un rapero (si, a lo Facto Delafé) en el concepto debieron notar que habían logrado algo, que nacía de las voces con que contaban y que, posiblemente, les llevó a sonar como suenan. La mezcla de euforia y melancolía era una consecuencia de ese carácter adolescente que (ya saben, inseguridad, romanticismo blanco o negro, rebeldía, obstinación) los define y que ha traído hasta Café la Palma a una buena cantidad de chicas y chicos tan jóvenes como son ellos.

Y parecen lo suficientemente sinceros, y auténticos, para creerse su experimento y para que nosotros nos reservemos cierta confianza en una evolución musical futura que podría hasta salir de lo previsible y dar alguna gran sorpresa. Son capaces de hacer buenas canciones, que es la mitad de todo. Y la tensión entre el carisma sobrado del rapero, la sencillez modosa de la vocalista y la presencia sólida de la banda es equilibrada pero no aburrida, e igual puede moverlos en cualquier dirección que desmembrarlos.

Y sí, me gustan porque me recuerdan a esto:

Laura Groves

Cuando Joanna Newsom iba a empezar a recoger los dividendos (y las pedradas) de su tercer disco, Have One on Me, apareció el trabajo debut de Laura Groves, titulado Blue Roses: el disco y ella, pues eligió el mismo nombre como seudónimo. Uno piensa en esa especie de sicodelia desbocada de la Newsom, atemperada por el aliento pop de Kate Bush, cuya influencia en la música británica en general y en una buena cantidad de solistas femeninas en particular será algún día una tesis doctoral, si no lo ha sido ya. Pero volvamos a Blue Roses. Lanzado por XL Recordings,  desconozco cual fue su fortuna comercial, pero no me sorprende que la discográfica de Adele o Devendra Banhart se fijara en esta cantautora de provincias, cuyas canciones acarameladas sabían provocar una suerte de ternura intensa con arrebatos de felicidad.

Laura se mudó a Londres, dejó XL (con la que había editado un segundo trabajo), y sacó un segundo disco, el e.p. Thinking about Thinking,  que se acercaba más a las enseñanzas de Kate (y Japan, o Tears for Fears, por qué no) y recreaba sin pudor lo mejor que aportaron los años 80 al pop, jugando a las paradojas: complejidad, atmósferas y juego, oscuridad, indefinición, y canciones bien acabadas, con el filo perfecto que ella sabe sacarles. Es decir, convertir en grandeza y barroquismo el espíritu juguetón y minimalista, ingenioso y ligero del pop.

Con su actual discográfica Deek Recordings, acaba de publicar otro e.p. más, el tercero de su carrera y cuarto en total, compuesto con una idea concreta: que el lenguaje se puede utilizar, y se utiliza, para no entendernos, para esconder y no enseñar. Ella ha querido hacer una música que apele al sentimiento y que conecte con el oyente sin desvíos o laberintos. Y, de nuevo, ha apelado a la música de los 80, con esa atmósfera neblinosa aunque con más pop y claridad en las melodías. Es quizás su mejor trabajo, aunque reconozco que Blue Roses es un disco emocionante del principio al fin; pero, este Commited Language tiene personalidad, no está enlazado necesariamente a tal o cual artista, como sucedía con sus anteriores entregas. Ahora se trata de Laura Groves, de un mundo creativo definido, hecho de préstamos por supuesto, y levantado sobre un concepto; y, emocionante, afilado, dañino y sanador.

(Laura esta acompañando en directo a Elbow)

The Faith Keepers en Café la Palma (Madrid). 19 de febrero de 2015.

Los maños The Faith Keepers se han presentando en Madrid arrollando con su funk de sudar con los ritmos de los abuelos, y declarando que hay demasiadas bandas soul con traje y corbata en la escena. Una declaración de principios lanzada pecho descubierto que podrá sonar incluso impertinente, pero que los sitúa en un lugar propio, más cerca de los genuinos padres fundadores que del posterior ruido negro, empaquetado para blancos (que al final, es de lo que iba todo esto): o, mejor aún, de los inalcanzables Tokyo Sex Destruction en vez de Freedonia, The Sweet Vandals o The Excitements.

En cualquier caso y poses aparte el temperamento de su vocalista (equiparable al de Janis Joplin), más el de una banda que sabe mantener esa conversación entre el sudor y los rugidos son el combinado de inflamables que prenden y arrollan, son demasiado buenos para pretender pasar de largo. Que son sólo versiones, que si mira qué vulgares, pero por ahí adelante las camisas se van desabotonando y las cabezas se agitan cono deben: la jungla va acomodándose en el lugar y los humanos comienzan a revolverse como bichos agitados encima de un hornillo.

Tropics: Rapture (2015)

Si entendemos el concepto del amor a primera vista así, es por discos como el que acaba de publicar Tropics (Chris Ward) y la elegancia noctámbula, canalla que atrapa desde el instante que escuchamos su voz ambigua y nos encontramos balanceándonos al amor de sus arreglos. En la línea de Milosh, Beacon o los mismísimos Sade, la suya parece la voz del deseo y la fragilidad, y de como uno nos lleva a la otra a través de la exposición y la desnudez. Coqueteando con el susurro, rompiendo los tópicos sobre lo masculino o lo femenino, igual podría ser un hombre femenino, una mujer masculina, o nada de eso. La belleza de su interpretación se solapa con la de los arreglos, la producción y las canciones que ha creado para su segundo trabajo.

Si en general el color sonoro se ajusta al soul lento y sensual, hay algunas sorpresas realmente estimulantes, como ese tránsito entre lo jazzy a la manera de los años 80 y el dubstep soñador de esos últimos años en Torrents of spring. O la enérgica Home & consonance, que suena como una huída de la penumbra y la intimidad en que hasta el momento se ha ido moviendo Rapture. A partir de este momento se vuelve electrónico y juguetón, hasta cierto punto extrovertido e incluso (House of leaves es material  de remezcla) bailable.

Tricky en el Teatro Barceló (Madrid). 15 de febrero de 2015.

Aparte de la apabullante cantidad y profundidad de bajos, el concierto de Tricky se resume en acoples y voces casi desaparecidas detrás del trabajo delas bases y el guitarrista con que está construyendo todo: este último bien, por cierto, es quien va a acaparar el protagonismo de un concierto digno de olvido. Ni el propio Tricky, ni K Bleax, la cantante que le acompaña han tenido ocasión de ser escuchados más allá del murmullo. De la grandeza emocionante que le presuponemos, y que es seguramente la razón por la que estamos todos aquí, apenas un atisbo.

A pesar de recibir pitos en determinado punto, cuando se agota la tolerancia de la asistencia, nada sucede. Buen material echado a perder por un pésimo sonido y una inexistente complicidad con el público. Los bises son un intento, más o menos exitoso de retomar todo el desastre e intentar darle la vuelta demostrándose que las cosas se consiguen cuando realmente nos ponemos a ello. La pena, haber tirado 27 euros. Tres canciones interpretadas regular no compensan la decepción.

Nomads: When those around us leave (2015)

El nuevo disco de los de Cleveland Nomads está hecho a partir de líneas melódicas muy sencillas, arregladas y vestidas para activar la faceta emocional e impresionista del sonido que persiguen, y que sería una banda sonora entre lo cotidiano, la tristeza y la empatía (para bien y para mal), una suerte de versión instrumental de The Antlers, con la misma oscuridad hogareña y el mismo aire de pop bastardo, de cercanía matizada a lo pegadizo.

When those around us leave es un disco de guitarras casi en su mayor parte. Muestran las melodías, disfrazan los trucos y crean las atmósferas. Es más: Los vientos nos hacen balancearnos precisamente hacia el Indie de Antlers y los teclados (como sucede en Horizon) a algo entre el sonido post-rock que ellos reividican y un eco realmente inspirado de Coldplay (que ya les gustaría), o Keane. Pero no pierden el tono, en realidad, aunque llegan a provocar un despiste bastante interesante.

Que cada oyente decida si es blando, o sensible: el disco, o el oyente.