ELM en El Juglar. 4 febrero 2016.

De noche los gatos son pardos y las sombras tienen forma y vida propia. Lo que nos parecía obvio se vuelve inconcreto y lo que escuchábamos azul, suena rojo. De noche, en El Juglar, Insensatez suena como un homenaje a Edith Piaf, de la misma manera que ELM se mimetizan en un huracán de temperamento, seguro que recargado por la idea de estar haciendo su canto del cisne, o su última cena, y nada debe salir mal o quedarse a medias. De alguna forma retiran el disfraz sofisticado a su música y queda un apabullante monumento a la creatividad y la testosterona, al orden confuso del jazz en sus apoteosis sesentera y a toda etiqueta a la que puedas poner un “art” delante. Y son capaces de contagiar el entusiasmo hedonista de un entierro de esos que sirven para celebrar con gritos y sustancias el esplendor de un amigo desaparecido. Aunque ellos decidieron hacer como la película y correr el telón justo al término de su propia fiesta. Despidamos al monito, que muere voluntariamente desmembrado pero moviéndose con arte.

[VIDEO] Tucan Morgan en Moby Dick. 30 enero 2016.

Tucan Morgan & Hynkel en Moby Dick (Madrid). 30 de enero de 2016.

Hynkel juega a forzar las paradojas, ensuciando la limpieza del pop con un soul blanqueado y majestuoso, zimbreante, ingenuo y juguetón. No es de sorprender que los tabernarios Tucan Morgan hayan elegido a una banda que les hace de contrapunto aunque sea porque contemplan desde la ventana ese fango que cantan de lejos. Y porque el resultado, a pesar del toque de canción inofensiva que no se les despega, se escucha realmente sólido.

De alguna manera Tucan Morgan han conseguido trascender las etiquetas para centrarse y centrarnos en las emociones, como si la carismática Sonia Tavares hubiera encontrado una banda que piense en contar y no en lucir. Así que igual se los puede llevar a pasear a los prados del soul que encerrarlos en la vereda del rock sin que ellos tuerzan el morro o se amilanen, salvo para coger carrerilla y estampar la siguiente sorpresa en nuestros morros. Y es complicado separar en ellos la confianza y la desvergüenza. O dicho de otra manera, regresaré a casa con zumbido en los oídos y boquiabierto, intentando asimilar el viaje por los tugurios del norte, del sur, del lejano oeste, del caribe y del cool neoyorquino… más el tributo a los inicios pop Whitney Houston. Así de habitado está su disco, y así de ansioso ando por hacerme con una copia.

Romare: Projections (2015)

Projections es un disco-tesis sobre el código genético común y/o paralelo que comparten la música negra y buena parte de la electrónica. Con un finísimo trabajo de costura y reelaboración va logrando reconstruir las raíces convirtiéndolas en algo familiar y desconocido, como la cara de ese hermano que pasó demasiadas veces por el cirujano plástico.

Quizás Romare (su nombre está tomado de Romare Bearden) comparta la tesis de algunos djs  acerca de la decadencia del Techno (y de todos los géneros bailables hermanos) en relación al abandono de determinados referentes como el jazz. Aunque el cuadro que dibuja Projections es mucho más amplio y los reproches salpican en bastantes direcciones más. Quizá él, o nosotros, como oyentes, se está preguntando en que momento los ejercicios de copia y pega han terminado por romper los vínculos con nuestra esencia y nuestra capacidad para entender algo de un ruido que tampoco quiere decir nada, como en esas películas que fabulan sobre las patologías de los clones en futuros posibles. O, más sencillo, quería hacernos bailar con los viejos vinilos de su infancia.

Pero aparte de las ganas de bailar y del flow que desprende un trabajo que merece lugares de honor en cualquier disco-fiesta del planeta, en lo que quiero incidir es en la coherencia del experimento. Romare ha logrado que su clon se mueva con hálito propio, que parezca un niño nuevo nacido como Dios manda en el paraíso de las criaturas naturales. Que aceptemos el engaño y obviemos las costuras, invisibles en cualquier caso, y nos preguntemos cómo el pestazo a bourbon y tugurio que sale de cada una de esas canciones puede casar tan bien con las luces de discoteca y el humo artificial, con las rayas encima de la tapa del water y… creo que al final estoy hablando de lo mismo todo el rato.

Julián Maeso. El Sol (Madrid). 15 de enero de 2016.

Con todas las derivaciones posibles y siempre desde el camino del blues, el soul de Iglesia con fuegos artificiales y la potencia como marca, un concierto de Julián Maeso es tan perfecto como le permiten los cables, y como le dejamos quienes, ignorantes, no notamos que está tocando huerfano de uno de sus teclados y no importa. Arropado por una banda que sabe esperarlo o enmudecerlo, según caiga, lo suyo es una consagración y lo bueno es lo consciente que es, lo poco que presume y lo bien que lo aprovecha, reivindicando a Alberto Anaut, por ejemplo, y el hecho de no cantar en castellano a pesar del paseo por el desierto consecuente y la incomprensión de la ‘industria’.

Disgresiones aparte, todo ese aspecto de elaboración no le quita temperamento. En realidad parece una necesidad del propio Maeso sonar tan potente, apabullante y pegadizo como sea posible. Incluso rugoso. Arovecha que viene bien surtido de artillería y dispara sin piedad. Y parece ser, que para eso hemos venido. En cualquier caso: Que una guitarra y un bajo son sísmicos ya lo sabemos; que un órgano puede ponerse al mismo nivel, eso, chico, me ha pillado con el paso cambiado.

Sirva como resumen o nueva sección dedicada a la palabrería, que Maeso se ha convertido sin que parezca evidente en algo así como una autoridad dentro de la música negra, convirtiendo la obsesión por lo negro en motivo artístico, muy a la Cocker, y que podría estar en esa transición hacia algo mayor -en público-, a la James Morrison (aunque Anaut parece más adecuado en ese papel). La cuestión es que ha aprendido de ciertos ejemplos clásicos de mimetismo y adopción de una tradición musical aparentemente extraña como fórmula de éxito, y que aunque el éxito le ha llegado en la escala que permite esta península, el clasicismo (y ese reservado en nuestros modestos altarcillos) se le ha pegado como si lo llevara de serie. Y, aparte del llenazo y las caras familiares y toda esa reverencia que parece levantar, la cosa es que transmutarse en indispensable desde las hieles del lugar dónde están los Don Nadie, parece la historia que el duende puñetero nos estaba susurrando.

John Carpenter: Lost Themes y Lost Themes Remixed (2015)

Posiblemente haya intención en esa sensación de estar escuchando la música del director de cine, por encima de todo. Que es imposible desligar a Carpenter de las películas (que para eso las musicaba). Pero NO de SUS películas, y ese es, o al menos esa es la sensación que he recogido, el foco de este debut del Carpenter-músico-a-secas. De repente nos encontramos dentro del paisaje futurista y cyberpunk de Blade Runner o Tron (a Tron volveré después). Y cómo no, de Escape from New York, y todo suena oscuro, peligroso y fluído (o fácil), igual que esa imaginación a la vez perversa para todos los públicos de los productos de consumo de los 80 que hoy tanto nos fascinan y perturban, razón que justifica el interés por los juegos con maquinitas musicales de un viejo director de cine. Pero eso es otra cosa. La cuestión es que la accesibilidad hace de este disco una obra creíble, que vemos la realidad con un prisma perverso del que sabemos, podremos salir sin daño en cualquier momento. La música de Carpenter es ligera y sencilla, eficaz y bien planteada, y por eso merece una buena acogida y muchas escusas. Es música para hacer fans, para disfrutar y acomodar en la estantería de las cosas buenas, y para hacer el socorrido ejercicio de nostalgia y encontrar escenas de películas detrás de cada melodía. Y desde luego no para tomarlo en serio y hacer nada que huela a sesudo (escucharemos, las oigo, las risotadas del viejo desde su estudio casero, pensando que debiéramos buscarnos una novia).

Y entonces, llegamos a las remezclas: es cierto que Lost Themes Remixed arranca potente en la línea cinemática ambiental de la que Carpenter es un maestro, o un artesano avanzado, y a la que el bizarro Prurient rinde pleitesía con su trabajo sobre Purgatory; pero cuando aparece la remezcla de Night, que canta Zola Jesus y remezclan ella y Dean Hurley, cuando esa atmosfera vacía y sofisticada que recrean Daft Punk para Tron Legacy, uno levanta la cabeza con gesto de sobresalto  y se pregunta qué maravilla es esta, qué vuelta de tuerca al tema original, que sin duda tiene la esencia y no se atrevía a lanzarse de lleno a la imitación (quizás porque Carpenter es más de Vangelis que de Daft Punk).

La reinterpretación que hacen los neoyorquinos Uniform de Vortex  mantiene esa tensión, y es posiblemente otro de los grandes momentos del disco de remezclas. Y, en resumen, lo que han hecho todos los artistas que han colaborado en este proyecto lateral es explorar la faceta más oscura y ambiental de la obra original de Carpenter: más Alien o Blade Runner, menos Escape from New York. Curioso que andando por los comentarios que hay en sitios como YouTube a este disco, hay quien cree que debiera hacer la banda sonora de la continuación del mítico film de Ridley Scottque anda en proyecto.

 

Aire para la crisis de Foussion. Café la Palma, 5 de enero de 2016

Primer concierto del año, una idea improvisada que debiera haber estado planeada y que resultó en una buena noche y un disco dedicado. Nada mal. Foussion, después de muchos meses de reconcentración, han terminado nuevo material, lo han titulado “Crisis” y han aprovechado su presentación en directo, para volver a presentarse a sí mismos y colocarse en perspectiva. Una banda joven que se divertía tocando -y tocando bastante bien- de repente parece que hacen amago de tomarse en serio y alcanzar ese estado que nos recuerda a la consolidación. De alguna manera, y aunque la invitación a entender qué es eso de la crisis, o cómo nos ha cambiado/herido/afectado, era aquella la idea del concierto: que adivinásemos a qué se estaban refiriendo, o que dejásemos de mirarnos en el espejo de nuestras vicisitudes y lo dirigiéramos hacia ellos.

Pero eso es cosa mía. Manías de critico frustrado, ya saben, miramos hacia los demás para atusarnos el ego. Nuestro cuarteto de jazz y de fusión (ya lo sé, el jazz es fusión) comienzan a enfilar el camino del aburrimiento entre carcajadas. Porque la autoestima y la medida de nuestras posibilidades, cuando las hay, suele terminar en autocomplacencia y, de rebote, en ser un auténtico plasta, eso que llamamos madurez. Pero todavía quedan muchos discos y mucho tiempo para eso. Lo bueno de todo, incluido un texto que comienza a alargarse demasiado, es la evolución pausada con la que cuatro chavales, alrededor de muchas citas, mucho trabajo y muchas cervezas, están enseñándonos. Si no se convierten rápidamente en una referencia del género, es porque el mundo anda del revés, o porque les da lo mismo, que no lo creo.

El concierto fue una especie de recapitulación del material que habían publicado anteriormente, para llegar al sonido que están rozando con los dedos: más delicado, más caótico e improvisado, menos basado en el motivo y más en el feeling. Foussion se están empezando a soltar, y no tienen miedo a nadar lejos del embarcadero. Es más, nadan realmente bien y lo que puedan hacer a partir de ahora, va a ser de verdad interesante. Estimulante. Quién, sabe, a lo mejor hasta genial y provocador. Mientras guardaré su Crisis, con dedicatoria, porque sospecho que anoche, conseguí un tesoro a cambio de estar y tirar fotos. Veremos.